PIJAMA PARA SEIS - CRÍTICA
- Daniel Morales Lopez
- 13 ene
- 5 Min. de lectura
Una comedia de enredos en la que cada mentira encuentra su momento exacto para estallar. Pijama para Seis es una pieza teatral donde el deseo, la infidelidad y la necesidad de sostener apariencias se acumulan hasta formar un caos perfectamente controlado. Mauricio Astorga presenta un vodevil en el que la risa no proviene del chiste inmediato, sino de observar cómo todo parece estar a punto de desmoronarse; sin embargo, nunca lo hace.

Bernardo planea pasar un fin de semana placentero en su casa de campo aprovechando que su esposa, Jacqueline, se irá a visitar a su madre, y en secreto organiza la celebración del cumpleaños de su amante, Susi, usando como coartada la visita de su viejo amigo Robert. Sin embargo, cuando Jacqueline cancela su viaje a última hora y decide quedarse, el plan se desmorona y nada sale como estaba previsto.
A partir de ese momento se desencadena una cadena imparable de mentiras, enredos y fingir ser otras personas: Robert es forzado a aparentar que Susi es su prometida, y la llegada de Susana —una cocinera contratada por agencia— multiplica las confusiones. Entre identidades intercambiadas, verdades a medias y decisiones equivocadas, la noche se convierte en un caos cómico donde cada intento por ordenar la situación solo la complica aún más.

Marc Camoletti construye en Pijama para Seis una comedia de enredos clásica y eficaz, donde cada mentira genera nuevas complicaciones y cada acción impulsa el conflicto con precisión. Los personajes funcionan como piezas fundamentales de un engranaje dramático que sostiene el ritmo y la comicidad, confirmando el dominio del autor sobre el vodevil. Un texto ampliamente probado en distintos países, su montaje en Costa Rica enfrenta el reto de la adaptación, este es resuelto con acierto mediante una tropicalización y traducción del humor que acercan la historia al público sin alterar la estructura ni la fluidez del enredo.

Complementado con la dramaturgia de Camoletti, la dirección de Mauricio Astorga encuentra un balance preciso entre la farsa y una elegancia visual que evita la caricatura. Su mirada actualiza un texto con años de recorrido sin traicionar su esencia clásica, apostando por un ritmo sostenido y una construcción actoral clara. Astorga sintetiza con inteligencia, recorta lo innecesario y mantiene al público atrapado, dosificando las pausas como respiros estratégicos antes de incrementar el enredo. El mayor acierto está en el tono actoral: lejos de exagerar, humaniza a los personajes y permite que el humor surja tanto del estallido como de la acumulación progresiva.

La escenografía de Marlon Araya y Christian Fuentes plantea un espacio realista y ordenado que acompaña la comedia, aunque visualmente se mantiene en una gama de colores discreta. Tratándose de una pareja acomodada, la propuesta podría ser más llamativa, ya que en algunos momentos los tonos se confunden con la utilería y el espacio pierde fuerza visual. En lo práctico, sin embargo, el diseño es efectivo: la escenografía fija no afecta el ritmo, y gracias a sus dos niveles y al uso claro de las puertas, el enredo fluye con dinamismo. Funciona como soporte narrativo, aunque sin convertirse en un elemento visualmente memorable.

Magdiel Ramírez y Luis Vargas conforman una dupla sólida y muy efectiva como Bernardo y Robert, respectivamente. El contraste entre el Bernardo seguro y calculador y el Robert ingenuo, torpe y cada vez más pícaro sostiene gran parte del humor de la obra. Aunque es Bernardo quien provoca el enredo, Robert termina siendo su principal víctima y, a la vez, el motor cómico, destacando especialmente por sus reacciones y gestualidad. La química entre ambos es clara, el ritmo se mantiene ágil y el equilibrio es preciso, sin exageraciones ni robos de foco. Momentos como en los que deben sostener la mentira frente a Jacqueline, apoyándose en gestos y miradas, hacen a la dupla como uno de los momentos más disfrutables de la puesta.
Susana (Zoraya Mañalich) y Susi (Natalia Pereira) se distinguen desde el propio texto: la primera, una cocinera de clase social baja; la segunda, la amante de Bernardo, perteneciente a un clase más acomodada. Zoraya construye a Susana desde una voz de campo muy definida y una corporalidad clara, con una energía fuerte y directa que sostiene su desconcierto genuino frente al enredo, al que se suma sin comprenderlo del todo. En contraste, Natalia aborda a Susi desde una energía más delicada y dulce, con una aparente sumisión que no anula su seguridad personal. La ingenuidad de Susana frente a la conciencia emocional de Susi genera un contraste eficaz, y aunque ambos personajes parten de arquetipos reconocibles, las interpretaciones son abordadas con mucha humanidad, plenamente justificada dentro del marco de la comedia clásica de enredos.

La interpretación de Giovanni Linares como Hesículo se consolida como uno de los motores cómicos más efectivos del montaje. Su acento nicaragüense, lejos de la caricatura, se integra con naturalidad a una corporalidad ruda y una presencia intimidante que intensifican el conflicto. Esa mezcla de amenaza y humor eleva la tensión frente a Bernardo y Robert, especialmente en sus reacciones iniciales y en la advertencia de “matar al amante”, que aporta un peligro real y muy disfrutable. El mayor acierto llega en el giro hacia un Hesículo vulnerable y movido por el dinero, una transformación clara y orgánica que abraza la farsa y potencia la comicidad sin perder coherencia en la acción dramática.
En el papel de Jacqueline, Ana Saravia sobresale cuando el personaje se muestra inteligente y calculador, especialmente al tomar el control de la situación y poner en peligro los planes de Bernardo. Esa faceta de esposa astuta está bien construida y resulta uno de los puntos fuertes del personaje. En algunos momentos de mayor complicidad con Robert, o cuando está comenzando a sospechar sobre Bernardo, el tono baja hacia una picardía más marcada que rompe levemente con el tono general de la puesta. Un manejo más sutil permitiría integrar mejor esas escenas al ritmo del enredo.

Pijama para Seis se confirma como una comedia de enredos bien afinada, donde la precisión del ritmo, la claridad narrativa y el trabajo actoral sostienen un caos que nunca pierde el control. La dirección de Mauricio Astorga entiende que el verdadero humor del vodevil no está en forzar la risa, sino en permitir que las mentiras se acumulen hasta volverse insostenibles, confiando en el texto y en el elenco para llevar al público de la mano. Con aciertos claros en la adaptación, un trabajo actoral sólido, la obra funciona como un entretenimiento efectivo y honesto, que respeta la tradición del género y la vuelve cercana. Una comedia que sabe exactamente cuándo tensar, cuándo soltar y, sobre todo, cómo hacer que el desorden resulte totalmente disfrutable.

"Pijama para Seis" se presenta viernes y sábados a las 8:00 p.m. y domingos a las 5:00 p.m. en el Teatro Lucho Barahona.



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