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CON EL CUCHILLO ENTRE LOS DIENTES - CRÍTICA

Ró Castro entrega incomodidad y cuestionamientos sobre virilidad y mandatos en la obra «Con el Cuchillo entre los Dientes» de Diego de Miguel, una pieza ultra necesaria y actual con la que interpela al público, y le muestra un espejo. Una comedia que no tiene su objetivo en la risa, sino en incomodar y evidenciar conductas que lamentablemente, aún están vigentes. Un montaje en el que el público sale de la sala preguntándose: ¿Cuánto de lo que se ve en escena se sigue repitiendo afuera sin darnos cuenta?


Colectivo Mabulé, luego de propuestas como «Adulteando», donde el humor funcionaba como vía principal para una reflexión más amable sobre la vida adulta, se enfrenta en Con el Cuchillo entre los Dientes a un terreno mucho más incómodo. Aunque vuelve a la comedia, esta vez lo hace desde un tono que se aleja de la risa fácil y pone en primer plano una masculinidad violenta y estereotipada, evidenciando dinámicas profundamente normalizadas dentro de lo cotidiano.

El texto es de Diego de Miguel, quien escribe de forma inteligente al abordar temas como la masculinidad, la violencia y los distintos estereotipos que se construyen en torno a estas. La historia se desarrolla en el fútbol —un deporte que suele unir a ciertos hombres— y en los espacios que lo rodean, donde la violencia aparece con frecuencia normalizada. A partir de ahí, se expone una masculinidad regida por la idea de que hay acciones que no se realizan “porque no son de hombres”, invitando al público a reflexionar sobre estos mandatos. De Miguel construye una comedia —que yo definiría más bien como un drama con tintes cómicos— que incomoda a través del humor, logrando que el espectador se cuestione estas conductas en sí mismo, dentro de contextos que muchas veces están sin ser plenamente conscientes de ello.

Un equipo de fútbol amateur queda atrapado en el camerino visitante luego de que un partido se suspenda por una violenta pelea con jugadores, aficionados y árbitros del equipo local. Afuera, la situación es caótica y amenazante; adentro, el encierro obliga al grupo a convivir con el miedo, la incertidumbre y la presión de tener que “salir como hombres”. Mientras esperan noticias y negocian una posible salida, el camerino se transforma en un espacio de confrontación donde afloran tensiones, prejuicios, lealtades frágiles y discursos de aguante que sostienen una idea rígida y cruel de la masculinidad.


A medida que pasan los minutos, las decisiones colectivas empiezan a revelar el verdadero costo de esa lógica de grupo: la violencia simbólica, la exclusión y el sacrificio de los más vulnerables en nombre del equipo y del honor. Entre discursos, bromas y falsas promesas de seguridad, la obra construye una comedia negra incómoda y feroz que desnuda cómo el miedo y el poder pueden justificar lo injustificable, y cómo ciertos valores celebrados como fortaleza esconden, en realidad, una profunda deshumanización.

Hay algo bastante reflexivo en la forma en la que Ró Castro (dirección y adaptación) aborda esta historia de masculinidad y crudeza, porque busca generar conciencia sobre lo que - en este caso, el fútbol - provoca para mal en las personas. Si bien lo que vemos sobre el escenario puede leerse desde la ficción, no dejan de ser un reflejo de la sociedad actual; sin embargo, es cuando la puesta dialoga con la realidad nacional, a través de notas periodísticas, que el impacto se vuelve más confrontativo, al recordarnos que estas violencias no solo se representan en escena, sino que ocurren fuera de ella.


Bajo un ritmo acelerado que permite que el público sienta la desesperación y la ansiedad que estos jugadores están experimentando por la situación de afuera, su director refuerza esa sensación de encierro y urgencia, involucrando al espectador de manera directa dentro del conflicto. Dentro de esta atmósfera creada, Ró nos lleva a un camerino decadente gracias a su escenografía (Mauro Quirós) en la que nos muestra un espacio que potencia el desgaste emocional de los personajes y su vulnerabilidad.

Gabriel Herra como Rata no tiene un solo diálogo en todo el montaje, pero es quien carga con el núcleo de la obra. A través de su rostro y su presencia corporal se convierte en el eslabón débil del grupo y en quien asume el final del conflicto. Su interpretación, sostenida desde una emoción contenida y silenciosa, podría haberse permitido un mayor desborde emocional, ya que en la escena final Rata funciona como el canal a través del cual se liberan los discursos de violencia, masculinidad y poder que el equipo ha venido construyendo a lo largo de la obra. En ese sentido, una emoción menos retenida habría potenciado el cierre y la descarga de tensiones acumuladas


Gerardo Mora construye a Perro desde una combinación de cuerpo y voz, imponiendo una presencia que constantemente minimiza el sentir de los demás y se posiciona como autoridad dentro del grupo. Su interpretación alcanza uno de los momentos más potentes en el monólogo dirigido a Rata, donde la voz se quiebra brevemente, evidenciando la tensión entre la emoción contenida y el mandato de que “los hombres no lloran”. Ese quiebre, seguido de una recomposición casi inmediata, vuelve la escena particularmente incómoda y reveladora. Perro se presenta así como un personaje complejo: alguien que parece preocuparse por ciertos miembros del equipo, pero que al mismo tiempo carga y reproduce gran parte de los estereotipos más rígidos de la masculinidad, convirtiéndose en uno de los principales sostenes del sistema de violencia que presenta la obra.

Habiendo hablado sobre los personajes que cargan y reproducen la violencia dentro del grupo, la interpretación de Javier Mendoza como Mourinho, personaje que funciona como el principal motor de los discursos que articula la obra. Mendoza construye al personaje desde una aparente calma, con una voz serena que contrasta con el mandato que impulsa: el “hombre no se nace, se hace” como objetivo colectivo. Ese tono casi paternalista, lejos de suavizar el discurso, lo vuelve más efectivo, ya que convierte la violencia en deber y hace a cada jugador partícipe de un sistema que se presenta como cuidado y liderazgo. Lo que termina de definir a Mourinho como la figura que normaliza y ordena la violencia dentro del equipo.

«Con el Cuchillo entre los Dientes» se consolida como un montaje incómodo, necesario y profundamente vigente, que no busca respuestas fáciles ni redenciones, sino poner en evidencia los mecanismos a través de los cuales la violencia y los mandatos de la masculinidad continúan reproduciéndose de manera cotidiana. Ró Castro y el Colectivo Mabulé entregan una propuesta que interpela directamente al público, obligándolo a reconocerse en esos discursos de aguante, autoridad y silenciamiento emocional. La obra no señala culpables, sino que expone un sistema que se sostiene colectivamente, donde la violencia se normaliza bajo la idea de equipo, honor y hombría. Al salir de la sala, la pregunta ya no es solo qué ocurrió en ese camerino, sino cuántas veces seguimos replicando, afuera, esas mismas lógicas sin detenernos a cuestionarlas.

«Con el Cuchillo entre los Dientes» no se encuentra actualmente en cartelera.


Todas las fotografías utilizadas al hacer esta crítica fueron cortesía de Colectivo Mabulé.

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