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SIBELIUS - CRÍTICA

El Teatro Vargas Calvo, como parte de su programación anual, nos lleva a un viaje entre lo onírico y el reencuentro familiar con «Sibelius», una puesta en escena donde el público se embarca en una travesía contada desde dos planos —lo fantasioso y lo real— para abordar temas como la memoria colectiva, los recuerdos del pasado y la realización personal.


Luis Fernando Gómez, con asesoría en dirección actoral de Eugenia Chaverri, toma el texto de Carlos Catania y lo humaniza desde las emociones y los vínculos entre personajes, permitiendo que sus actores habiten sus conflictos de manera muy orgánica. La dirección construye con acierto los antagonismos entre personajes y se asegura de que exista una química natural dentro del elenco y eso permite una mayor conexión de parte del público con la historia.

El montaje nos presenta a Sebastián, un escritor aislado en su soledad, y a Ulises, un marino que ha recorrido el mundo, dos hermanos unidos por los recuerdos de la infancia y marcados por una tragedia familiar que ambos han decidido silenciar durante años; sin embargo, el reencuentro entre ellos hará que ese pasado reprimido resurja de manera inquietante, revelando una verdad ambigua mientras afloran sentimientos de culpa, resentimiento, ambición y afecto en medio de sus conflictos personales.

El texto de Catania pasa por varios momentos de la vida de los personajes: la niñez de ambos, las memorias de Ulises en el Sibelius —su barco— y los traumas del pasado que siguen persiguiéndolos; justo ahí es donde la dirección encuentra una de sus principales debilidades: las transiciones entre estos planos no siempre son del todo claras y, en ciertos momentos, cuesta identificar qué etapa de sus vidas se está representando sobre el escenario. Esto termina dependiendo más de lo que el texto explica que de la acción escénica en sí. Actoralmente, el elenco sí logra sostener la carga emocional de la obra y transmitir con honestidad los conflictos de sus personajes; sin embargo, una mayor claridad en los cambios temporales y espaciales habría fortalecido la comprensión general de la puesta.

José Elizondo, como Ulises, realiza un trabajo bastante interesante al construir a un personaje fuerte y aparentemente racional, funcionando incluso como un soporte emocional para Sebastián dentro de la historia. Su interpretación logra sostener muy bien la presencia del personaje en los momentos más íntimos; sin embargo, en las escenas donde relata sus experiencias como marino, la propuesta actoral pierde un poco de fuerza interpretativa y se inclina más hacia lo narrativo, haciendo que algunos momentos se sientan más contados que verdaderamente vividos sobre el escenario.


Arnoldo Ramos, como Sebastián, hace todo un descubrimiento con el personaje, construyendo un arco bastante completo en el que lleva al público por una verdadera montaña rusa emocional. Consigue llevarnos hacia la comedia gracias a su capacidad de asombro y a la inocencia con la que aborda al personaje; pero Sebastián no es ingenuo ni torpe, sino que su timidez y su forma particular de relacionarse con el mundo lo conducen naturalmente a situaciones cargadas de humor. Ramos también transita con acierto la frustración del personaje al enfrentarse a las problemáticas que lo rodean, así como la alegría y la ilusión de ver que sus sueños comienzan a tomar forma. Todo esto desemboca en momentos de gran vulnerabilidad emocional donde el actor logra conectar genuinamente con el público y sostener el peso dramático de la obra.

En la música, Luis Fernando Gómez acentúa una atmósfera de tensión y drama que nos lleva a sentir la frustración que atraviesan sus personajes, pero también consigue trasladarnos a la alegría de los buenos momentos compartidos y al impacto emocional de las verdades que van saliendo a la luz; escenográficamente, la puesta nos sitúa en un espacio decadente y descuidado que refleja cómo la casa de Sebastián parece aislada de cualquier lugar y de cualquier vínculo humano, reforzando así la profunda soledad en la que vive el personaje.


Ahora, es en el diseño de iluminación donde la propuesta encuentra una de sus mayores debilidades: Los Del Este no logran del todo acompañar los distintos planos emocionales y temporales que propone el texto, ya que en varios momentos la iluminación se mantiene demasiado uniforme y no termina de guiar al espectador a través de los cambios de atmósfera o de memoria que atraviesa la obra. Una propuesta lumínica más arriesgada y definida habría potenciado mucho más el universo onírico y emocional de la puesta.

«Sibelius» es una puesta que encuentra su mayor fortaleza en la humanidad con la que aborda los vínculos familiares y las heridas del pasado, permitiendo que el público conecte emocionalmente con sus personajes a través de interpretaciones honestas y una dirección que prioriza las emociones por encima del artificio. Aunque la obra presenta ciertas dificultades en la claridad de sus transiciones temporales y en una propuesta lumínica que no siempre logra acompañar la complejidad de su universo onírico, el montaje consigue sostener su impacto gracias a la sensibilidad de su elenco, la atmósfera construida desde la música y la intimidad con la que explora temas como la soledad, la culpa y la memoria. El Teatro Vargas Calvo apuesta así por una obra introspectiva y melancólica que, pese a sus tropiezos técnicos, logra dejar una reflexión emocional sobre aquello que callamos y las verdades que inevitablemente terminan saliendo a flote.

«Sibelius» se presenta del 15 de mayo al 07 de junio en el Teatro Vargas Calvo. Viernes y sábados a las 8:00 p.m. y domingos a las 5:00 p.m.


Todas las fotografías utilizadas al hacer esta crítica fueron tomadas de la página del Teatro Nacional.

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