LOS CHICOS DE LA BANDA - CRÍTICA
- Daniel Morales Lopez
- 30 jun
- 5 min de lectura
Un grupo de amigos se reúne para celebrar el cumpleaños de uno de ellos, pero un invitado inesperado desestabiliza todo en «Los Chicos de la Banda», una obra que entre la comedia y el drama plantea la búsqueda de aceptación personal frente a una sociedad que obliga a ocultarse, en una adaptación a Mart Crowley que transporta la historia de Nueva York a San José de manera magistralmente cercana, y un elenco que hace profundamente humanos a estos personajes que por un momento, se permiten vivir sin máscaras.
La visibilidad de estas historias sigue siendo necesaria, pues abordan realidades que durante mucho tiempo fueron consideradas tabú y relegadas al silencio. Mart Crowley escribe este texto en los años sesenta y, para su época, fue uno de los pioneros en llevar historias LGBTQ+ a escena con honestidad y sin esconder las complejidades de sus personajes. Si bien el contexto social ha cambiado considerablemente desde entonces y hoy existe una mayor representación y apertura hacia estas realidades, la obra mantiene su relevancia al recordar las consecuencias del rechazo, la discriminación y la dificultad de aceptarse a uno mismo en una sociedad que impone normas sobre quiénes las personas deben ser.

Una fiesta de cumpleaños reúne a un grupo de amigos en el apartamento de Michael. Lo que comienza como una celebración entre personas que comparten años de amistad se convierte en una larga noche de conversaciones, recuerdos y encuentros marcados por las distintas personalidades que conviven dentro del grupo.
La llegada de un antiguo compañero de universidad de Michael altera la dinámica del grupo y expone aspectos que muchos preferirían mantener ocultos. Entre copas, confesiones y enfrentamientos, los asistentes se ven obligados a confrontar sentimientos guardados durante años, transformando una celebración aparentemente común en una noche de revelaciones personales.

A medida que avanza la reunión, salen a la superficie las tensiones, inseguridades y diferencias que existen entre ellos. Cada personaje enfrenta de manera distinta su identidad, sus relaciones afectivas y el lugar que ocupa dentro de una sociedad que no siempre les ha permitido expresarse libremente.

La dirección de Miguel Mejía encuentra su mayor fortaleza en la vulnerabilidad de sus personajes. Aunque la obra conserva sus momentos de humor y permite que la comedia fluya con naturalidad, el interés principal de la puesta está en explorar aquello que cada uno de ellos carga por dentro. Desde un trabajo interpretativo orgánico, Mejía evita los excesos y construye personajes complejos que trascienden cualquier etiqueta, permitiendo que temas como la amistad, la soledad y la búsqueda de aceptación convivan con acierto.
Lejos de juzgar a sus personajes, la dirección los humaniza. Nadie es presentado como un villano ni como un ser perfecto; son personas llenas de contradicciones, heridas, alegrías e inseguridades. Las discusiones no se quedan en el conflicto superficial, sino que funcionan como ventanas hacia los temores y frustraciones que cada uno arrastra, logrando que el público comprenda sus decisiones incluso cuando estas resultan cuestionables.

Además, la adaptación al contexto local aporta una nueva dimensión a la propuesta. Más que facilitar la cercanía con la historia, traslada sus conflictos a una realidad reconocible para el público, convirtiendo la obra en un espejo que invita a la reflexión. De esta forma, la puesta no se limita a revisitar un texto importante, sino que demuestra cómo sus temas siguen encontrando vigencia en el presente y continúan despertando empatía en quien observa.

La interpretación de Michael, a cargo de André Torrentes, se sostiene en un trabajo contenido y equilibrado, donde el personaje intenta proyectar control y seguridad mientras oculta sus temores, logrando que su vulnerabilidad emerja con mayor fuerza a medida que la obra avanza. Es en esos momentos en los que comienza a desmoronarse cuando la actuación se vuelve más desgarradora, mostrando a un Michael preocupado por mantener el orden de la reunión, pero incapaz de sostener sus propias contradicciones internas. Torrentes construye una evolución clara del personaje, transitando con naturalidad entre la comedia y el drama, lo que refuerza la credibilidad de su trabajo y deja finalmente una sensación de dolor y vacío.

La interpretación de Harold, a cargo de Adrián Aymerich (alternando con Josué Hernández), se siente marcada por una mezcla de superioridad e ironía, con un personaje que más que intervenir, observa todo desde cierta distancia. Aunque aparenta estar emocionalmente estable, hay algo en su forma de relacionarse con los demás —sobre todo con Michael— que lo muestra confrontando, pero al mismo tiempo evitando ir demasiado lejos. Esa combinación, sumada a sus gestos sutiles y un aire bastante enigmático, lo vuelve un personaje misterioso, difícil de terminar de descifrar.

La interpretación de Allan, a cargo de Mario Rodríguez, se construye desde una presencia que inicialmente transmite sorpresa y tensión, manteniéndose en un registro contenido que refleja su desconcierto ante la situación que enfrenta. El personaje comprende parcialmente lo que ocurre a su alrededor, pero al mismo tiempo se percibe perdido, lo que refuerza su carácter descolocado dentro del grupo. Su llegada modifica de inmediato el tono de la obra, evidenciando cómo su presencia altera la dinámica y expone las tensiones del resto de los personajes. En ese sentido, Allan funciona también como una especie de mirada externa o representación de la sociedad que juzga. Su momento más potente se da durante la llamada, donde el personaje se muestra vulnerable, pero a la vez decidido, revelando una complejidad emocional que sostiene su impacto en escena.

Las interpretaciones de Emory, Hank y Larry funcionan como tres registros distintos dentro del grupo. Miguel Mejía construye a Emory desde una energía inicialmente marcada por la comedia, pero sin tocar lo caricaturesco, ya que incorpora momentos de vulnerabilidad que humanizan al personaje y generan empatía genuina. Frayser Navarrete aborda a Hank desde la contención y la serenidad, sosteniendo un trabajo más interno que se hace visible en su manera de relacionarse con Larry, donde el subtexto emocional pesa más que lo dicho, logrando que su conflicto se sienta real y cercano. Por su parte, Pablo Quesada construye a Larry desde una mayor libertad escénica, con una presencia más directa y frontal, que contrasta con la tensión constante que sostiene con Hank y que se filtra en sus interacciones, incluso cuando parece haber calma.

En conjunto, «Los Chicos de la Banda» se consolida como una obra que trasciende su contexto original para dialogar con el presente desde la intimidad de sus personajes. La puesta logra equilibrar humor y crudeza emocional sin perder de vista su eje principal: la necesidad de ser visto y aceptado tal como se es. A través de interpretaciones que sostienen con honestidad las contradicciones humanas y una dirección que apuesta por la cercanía y la vulnerabilidad, el montaje convierte una celebración en un espacio de confrontación personal. Así, lo que comienza como una reunión entre amigos termina dejando una reflexión incómoda pero necesaria sobre la identidad, la pertenencia y el peso de vivir detrás de una máscara.

«Los Chicos de la Banda» se presenta del 19 de junio al 05 de julio en el Teatro Nico Baker. Viernes y sábados a las 7:30 p.m. y domingo a las 5:00 p.m.




Comentarios