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EL PRINCIPITO - CRÍTICA

Un niño emprende un viaje entre planetas donde, a través de encuentros con personajes peculiares, descubre que las respuestas más importantes sobre el amor, la amistad y la vida suelen encontrarse en aquello que se ve con el corazón. En «El Principito», esta historia cobra vida mediante el lenguaje del circo, con un elenco especializado en distintas disciplinas que asombra por su destreza y capacidad escénica; sin embargo, la adaptación termina privilegiando la exhibición de esas habilidades por encima del desarrollo de la historia.


En 1943, Antoine de Saint-Exupéry publicó «El Principito», una obra que con el tiempo se convertiría en uno de los grandes clásicos de la literatura universal. Desde entonces, ha sido llevada a escena en innumerables formatos, y Teatro Espressivo suma ahora una nueva propuesta al trasladarla al lenguaje del circo, una apuesta que resulta novedosa al poner las disciplinas circenses al servicio del universo fantástico de la obra.

Fotografía: Andrey Gamboa
Fotografía: Andrey Gamboa

Lejos de su hogar, un niño decide aventurarse por el universo impulsado por una inquietud que va más allá de la curiosidad: comprender el mundo y el lugar que ocupan en él los afectos, la pérdida y los vínculos con los demás. En cada planeta se cruza con figuras que representan distintas formas de entender la vida. A través de personajes excéntricos, caprichosos y, en ocasiones, absurdos, el viaje se convierte en un reflejo de las virtudes y contradicciones que suelen acompañar a la adultez. Conforme avanza su recorrido, el Principito descubre que las respuestas que buscaba no se encuentran en las estrellas ni en los lugares que visita, sino en las relaciones que construye. Es entonces cuando comprende que aquello verdaderamente valioso solo puede apreciarse desde el corazón, una enseñanza que da sentido a toda su travesía.

Fotografía: Andrey Gamboa
Fotografía: Andrey Gamboa

La adaptación de Manuel Martín y Melvin Jiménez conserva la esencia del viaje del Principito y encuentra en el circo una forma novedosa de trasladar el universo de la obra al escenario; sin embargo, es en la dirección de Melvin Jiménez donde la propuesta pierde parte de su fuerza narrativa. Aunque las distintas disciplinas circenses generan imágenes de gran belleza y evidencian el talento de un elenco altamente preparado, en varios momentos la acción dramática parece detenerse para dar paso a rutinas que privilegian la destreza técnica por encima del avance de la obra. Como consecuencia, algunos momentos se perciben más superficiales de lo que la historia requiere y el ritmo del montaje se vuelve pausado porque las transiciones no siempre mantienen el impulso narrativo. No obstante, cuando ambas dimensiones logran dialogar, el resultado es notable: el pole aéreo del farolero, las acrobacias de piso entre el Principito y el zorro, la cuerda lisa de la serpiente y la cuerda floja del bebedor son ejemplos de cómo el lenguaje circense puede convertirse en un verdadero recurso narrativo.

Fotografía: Andrey Gamboa
Fotografía: Andrey Gamboa

Aunque este montaje pone su principal énfasis en el lenguaje circense antes que en el trabajo actoral, consigue construir personajes coloridos y memorables. Tal es el caso de los baobabs, interpretados por Gabriel Estrada, Cyr Alex y Adrián Fonseca, quienes conforman un trío dinámico que encuentra en el juego, la complicidad y el humor una presencia escénica sumamente disfrutable. Gabriel Estrada, además, construye un Hombre de Negocios a partir de una expresividad corporal muy definida, donde cada movimiento y gesto contribuyen a delinear la personalidad obsesiva y metódica del personaje, incluso en los momentos donde el texto cede protagonismo al lenguaje circense.

Fotografía: Andrey Gamboa
Fotografía: Andrey Gamboa

Uno de los mayores aciertos en el equilibrio entre el lenguaje teatral y el circense es la Rosa, interpretada por Melissa Cerna. Desde lo interpretativo, consigue transmitir la vanidad, la fragilidad y el carácter caprichoso que definen al personaje; sin embargo, es al complementarlo con la lira aérea cuando la propuesta alcanza su mayor fuerza. La disciplina no solo aporta belleza visual, sino que se convierte en una extensión de la personalidad de la Rosa: cada ascenso, giro y figura parece una forma de exhibirse y reclamar la atención del Principito. Así, la lira deja de ser un recurso meramente espectacular para transformarse en una herramienta narrativa que fortalece el vínculo entre ambos y da sentido dramático a la escena.


Por su parte, Diego Rojas asume el rol del Principito con una interpretación que transmite con naturalidad la inocencia, la curiosidad y la capacidad de asombro que caracterizan al personaje. Si bien su trabajo resulta sólido, podría profundizar aún más en la vulnerabilidad emocional del Principito, especialmente en su encuentro con la serpiente y en el momento en que decide partir con ella, escenas que demandan una mayor carga introspectiva. En el apartado circense, el trapecio encuentra una justificación dramática al representar el instante en que el Principito abandona su planeta e inicia su viaje, convirtiéndose en un recurso visual que da forma a uno de los momentos más significativos de la historia.

Fotografía: Andrey Gamboa
Fotografía: Andrey Gamboa

Donde el montaje exige un trabajo actoral es en el encuentro entre el Zorro y el Principito, una de las escenas de mayor peso emocional de la obra. Brandon Eboro del Mono hace una interpretación sensible y genuina, construyendo un Zorro que se ilusiona, se asombra y establece un vínculo que evoluciona de la curiosidad al afecto. Sin recurrir a excesos, el intérprete dota al personaje de una calidez que hace creíble el proceso de domesticarse mutuamente, permitiendo que el mensaje sobre la amistad y los vínculos encuentre uno de los momentos más conmovedores del montaje. Además, las acrobacias de piso que comparte con Diego Rojas complementan ese desarrollo emocional, pues el contacto físico y la confianza que exige la disciplina terminan por reflejar la conexión que ambos personajes construyen en escena.

Fotografía: Andrey Gamboa
Fotografía: Andrey Gamboa

Esa dificultad para integrar ambos lenguajes se evidencia especialmente en algunos momentos. En la escena del Rey, el trabajo con el cubo un protagonismo que la acción queda momentáneamente en pausa. De manera similar, el encuentro con el Hombre de Negocios intercala la enumeración de sus interrupciones con rutinas de distintas disciplinas que, aunque visualmente atractivas, no añaden nuevas capas al personaje ni impulsan la escena. Son decisiones que terminan ralentizando el ritmo y hacen que el interés recaiga más en la ejecución técnica que en la evolución dramática.

Fotografía: Andrey Gamboa
Fotografía: Andrey Gamboa

En el apartado creativo, la propuesta encuentra varios de sus mayores aciertos. La escenografía y el vestuario de Fabiana Obando apuestan por un diseño minimalista que favorece el trabajo circense y distingue con claridad a cada personaje, aunque la escenografía podría explorar con mayor fuerza la identidad de cada planeta mediante una mayor variedad de colores y atmósferas. Esto se compensa un poco con la iluminación, especialmente en escenas como la del Farolero, aunque en otras, como la de la Serpiente, podría potenciar mejor la sensación de peligro. Finalmente, la música de Isabel Guzmán Payés acompaña con sensibilidad el viaje del Principito y se convierte en un valioso apoyo para la construcción emocional del montaje.

Fotografía: Andrey Gamboa
Fotografía: Andrey Gamboa

«El Principito» encuentra en el circo una forma original y visualmente deslumbrante de revisitar uno de los grandes clásicos de la literatura universal. Aunque la propuesta no siempre consigue equilibrar el espectáculo con el desarrollo dramático y, por momentos, el relato cede protagonismo a la exhibición de las distintas disciplinas, el montaje ofrece imágenes de gran belleza y evidencia el talento de un elenco que domina con solvencia ambos lenguajes. Una adaptación que recuerda que, cuando el teatro y el circo logran encontrarse en un mismo punto, el viaje del Principito sigue teniendo la capacidad de conmover y de recordarnos que lo esencial continúa siendo invisible a los ojos.

«El Principito» se presenta del 21 de junio al 27 de septiembre en Teatro Espressivo. Domingos a las 2:00 p.m.

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