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CONDOMINIO - CRÍTICA

Daniel Gallegos Troyo cuestiona si es posible construir nuevas formas de convivencia mientras las heridas emocionales del pasado permanezcan sin enfrentar en «Condominio», donde una serie de personajes enfrenta el derrumbe de las apariencias que sostienen sus relaciones. En una puesta en escena de gran elegancia visual y cuidada composición estética aunque una dirección que distancia la emoción y un elenco con interpretaciones de escasos matices limitan el impacto dramático de un texto que invita a una confrontación mucho más profunda.


Un condominio promete orden, seguridad y una convivencia cuidadosamente delimitada por paredes que separan la vida privada de la pública. Pero ¿qué ocurre cuando esas mismas paredes dejan de proteger y empiezan a ocultar heridas, silencios y vínculos fracturados? En «Condominio», Daniel Gallegos Troyo convierte ese modelo de vida en una metáfora de las apariencias para cuestionar si es posible construir nuevas formas de convivencia cuando las grietas que sostienen las relaciones permanecen intactas.

La historia se desarrolla a través de una serie de encuentros entre Paula, Moira, Alberto y Gastón, cuyas conversaciones van revelando las heridas, los silencios y las decisiones que marcaron sus vidas. Conforme la obra retrocede en el tiempo, cada escena aporta una nueva pieza del rompecabezas, permitiendo comprender el origen de los conflictos que los unen. Sin recurrir a grandes giros,la obra construye un retrato de personajes que, al enfrentarse a su pasado, dejan al descubierto las fracturas que han definido sus relaciones.

Pablo Morales propone una dirección que apuesta por la contención y una forma muy particular de decir los diálogos; sin embargo, ese tono constante termina creando una distancia con el espectador que juega especialmente en contra en un espacio tan íntimo como la Sala Vargas Calvo, donde las emociones suelen sentirse con mayor cercanía. Como resultado, el resentimiento, el dolor y el perdón que atraviesan a los personajes no siempre alcanzan la intensidad que el texto requiere. Aun así, hay interpretaciones que consiguen romper con esa sensación. Paula encuentra momentos de mayor vulnerabilidad y deja ver distintos matices, mientras que Gastón destaca al apostar por un registro más natural y cercano, logrando que sus escenas conecten con mayor fuerza y espontaneidad.

«Condominio» inicia con una conversación entre Moira y Paula, interpretadas por Katherine Marchena y Ana Saravia, respectivamente. Moira es un personaje cargado de resentimientos y emociones contenidas que exige una amplia gama de matices. Marchena consigue transmitir parte de ese peso emocional desde la voz en momentos puntuales; sin embargo, la propuesta de dirección y su particular forma de decir los diálogos limitan la profundidad de esos matices y hacen que su fisicidad no refleje con la misma intensidad el conflicto que atraviesa. Por su parte, Saravia construye una Paula elegante, segura y coherente, sosteniendo con convicción las distintas capas del personaje. Aunque en los enfrentamientos entre ambas la contención interpretativa impide que el conflicto alcance toda su fuerza emocional, la actriz entrega una interpretación sólida y bien construida.

Posteriormente, llega la escena entre Moira y Gastón, interpretado por Enrique Alvarado. Alvarado lo aborda con absoluta organicidad y construye a un Gastón sensible, observador y ligeramente nostálgico, que enfrenta las consecuencias de su pasado. Entre la relación que alguna vez tuvo con Paula y el vínculo que ahora mantiene con Moira, el actor desarrolla un arco lleno de matices que se perciben no solo en la voz, sino también en una corporalidad sutil y expresiva, transmitiendo con naturalidad las contradicciones, el afecto y el peso emocional que acompañan al personaje. Es una interpretación que logra conectar con el espectador y que sobresale precisamente por la honestidad con la que habita cada momento del personaje.

La obra concluye con una conversación entre Paula y Alberto, interpretado por Arnoldo Ramos. Ramos construye al personaje desde un lugar cercano y profundamente humano, encontrando un humor sutil, de tono ácido y nacido de la verdad del personaje, que nunca cae en la caricatura. Esa forma de afrontar la escena convierte a Alberto en un reflejo que confronta a Paula con las consecuencias de todo aquello que ha permanecido oculto. Es precisamente en ese intercambio donde Ana Saravia alcanza su mejor momento interpretativo, dejando que afloren con mayor claridad las tensiones, el desgaste y las heridas que el personaje ha cargado en silencio durante años, logrando una escena de mayor fuerza emocional que las anteriores.

En el equipo creativo, Jennifer Cob Con (escenografía) nos lleva a la elegancia a través de un condominio cuidadosamente caracterizado, con un detalle especialmente interesante: los espejos, elementos que permiten a los personajes enfrentarse a sus propios demonios, sus realidades y aquello que intentan ocultar de sí mismos. Francisco Alpízar (vestuario) continúa con esta misma línea, aportando una capa adicional a los personajes y complementando, desde lo visual, aquello que el texto plantea sobre sus personalidades y conflictos. Por su parte, Francisco Murillo (música), a través de una propuesta sonora marcada por guitarras eléctricas y una atmósfera más pesada, acompaña el deterioro emocional de los personajes y nos introduce en un ambiente de tensión, conflicto y desasosiego que permanece presente durante el montaje.

«Condominio» encuentra en su mayor fortaleza la vigencia de una pregunta incómoda sobre la forma en que construimos nuestros vínculos y las heridas que preferimos mantener ocultas. Daniel Gallegos Troyo presenta un texto que, más allá de retratar una familia en crisis, funciona como un espejo de las contradicciones humanas y de la dificultad de transformar aquello que permanece sin resolver. Aunque la puesta en escena destaca por su elegancia visual y algunos momentos interpretativos alcanzan una profunda conexión emocional, la distancia planteada desde la dirección impide que el conflicto llegue siempre a la intensidad que la obra propone. Aun así, el montaje rescata la riqueza de sus personajes y mantiene vigente una reflexión sobre la necesidad de mirar hacia aquello que escondemos antes de intentar construir nuevas formas de convivencia.

«Condominio» se presenta del 26 de junio al 19 de julio en el Teatro Vargas Calvo. Viernes y sábados a las 8:00 p.m. y domingos a las 5:00 p.m.


Todas las fotografías utilizadas al hacer esta publicación fueron tomadas de la página del Teatro Nacional de Costa Rica.

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