PROHIBIDO SUICIDARSE EN PRIMAVERA - CRÍTICA
- Daniel Morales Lopez
- 30 abr
- 5 Min. de lectura
Una reinterpretación del texto de Alejandro Casona traído a la contemporaneidad manteniendo su esencia reflexiva y de la mano de un equipo creativo que nos transporta a un Hogar del Suicida futurista y bastante mágico; sin embargo, es en lo actoral donde se encuentra uno de los aspectos de mejora, ya que en varios momentos se percibe una falta de conexión emocional con el texto, lo que genera cierto distanciamiento en escena.
Siempre es interesante cuando un texto no tan reciente es montado —como en el caso de «Prohibido Suicidarse en Primavera»— ya que genera la intriga de cuál será la propuesta con la cual será abordado, y Kar Barquero (dirección) entrega una que se rige por lo futurista y mágico; a través de su escenografía y música nos lleva al sanatorio como un espacio fuera del tiempo, casi onírico, donde la línea entre la vida y la muerte se diluye y donde lo poético se impone sobre lo realista, potenciando así el contraste entre la desesperación de los personajes y la esperanza que lentamente comienza a filtrarse en cada uno de ellos.

Un peculiar sanatorio para personas que han perdido el deseo de vivir, donde, bajo la apariencia de facilitar una muerte “ideal”, en realidad se busca devolverles la esperanza; allí se encuentran distintos personajes marcados por la soledad, el fracaso y el desengaño, como Alicia, mientras la llegada accidental de una pareja feliz, Fernando y Consuelo, introduce un contraste vital que transforma el ambiente y permite confrontar distintas visiones sobre la vida, el amor y el sufrimiento, hasta desembocar en una reflexión que exalta la vida y plantea que incluso en medio de la desesperación siempre existe la posibilidad de renacer.

Uno de los retos que enfrenta el montaje está en la construcción interpretativa de varios personajes, donde se percibe un tono algo “cantado” o una forma muy marcada de decir el texto que, por momentos, distancia la emoción; esto hace que el peso recaiga más en la palabra que en el sentimiento que atraviesan los personajes. En casos como Consuelo, Alicia y Cora Yaco, sería interesante explorar una mayor organicidad en la interpretación, permitiendo que el subtexto y la vivencia interna respiren con más libertad, lo que podría potenciar la conexión emocional con el público y darle mayor profundidad a sus conflictos.

Andrés Montero, como el Doctor Roda construye el personaje desde una marcada autoridad intelectual, lo que permite que su rol como guía dentro del sanatorio se perciba con claridad y solidez. Sin embargo, la interpretación tiende a sostenerse en una misma línea emocional, generando cierta distancia con el texto y limitando la evolución interna del personaje; explorar mayores matices —especialmente en su vínculo con los pacientes— podría enriquecer el arco dramático y acercar más su dimensión humana al público.
Javier Montenegro como Fernando logra transmitir con claridad esa sensación de plenitud y felicidad inicial, estableciendo un contraste efectivo con el resto de los personajes; a partir de ahí, construye un arco progresivo bien delineado, permitiendo que el personaje evolucione conforme entra en contacto con el dolor ajeno. Su interpretación encuentra especial organicidad en los vínculos —particularmente en su relación con Consuelo—, lo que fortalece la credibilidad emocional del recorrido. Uno de sus mayores aciertos aparece en el momento en que se revela el conflicto con Juan, donde introduce una fisura interna que comienza a manifestarse de forma gradual, dejando ver cómo esa revelación lo afecta y se instala en él de manera sostenida, enriqueciendo así su dimensión dramática.

Francella Lizano como Consuelo transmite con eficacia la energía y vitalidad inicial del personaje, logrando sostener ese contraste frente al entorno del sanatorio; sin embargo, cuando el conflicto interno comienza a desarrollarse, la evolución emocional no termina de percibirse con la misma claridad, lo que hace que su arco no alcance el impacto esperado en el público. Aun así, en el momento en que se revela el conflicto con Juan, la actriz construye de forma acertada la transición hacia la culpa, evidenciando la fractura interna del personaje; potenciar aún más ese quiebre, llevándolo a un lugar más profundo y sostenido, podría reforzar significativamente la fuerza dramática de su recorrido.
Luis Miguel Sánchez construye un Juan profundamente atravesado por el dolor, con una interpretación sólida que deja claro que su impulso nace de la soledad y el despojo más que de un arrebato. Su trabajo se apoya en un crescendo bien dosificado, donde la intensidad crece de forma orgánica hasta los momentos clave, apoyado en un uso preciso de silencios y pausas que cargan de tensión la escena. La emocionalidad se mantiene constante sin caer en excesos, logrando conmover y generar empatía en el espectador, alcanzando su punto más potente cuando la verdad del personaje finalmente sale a la luz.

Ahora, donde Prohibido se luce totalmente es en su equipo de diseñadores, quienes realizan un trabajo excepcional en cada una de sus áreas. Abril Jenkins, en la escenografía, construye un espacio coherente con el “sanatorio de almas”, logrando un balance entre lo simbólico y lo realista que dialoga con la dirección; destaca el jardín, cuya mezcla de sequedad y vitalidad sugiere la alegría latente en los personajes y refuerza su dimensión emocional; Valeria Coghi, en la iluminación, propone un recorrido visual que potencia lo onírico de la puesta, pero también delimita con precisión los momentos de mayor oscuridad interna de los personajes; Andrés Soto, en la composición musical, acompaña con sensibilidad el tono mágico del montaje, generando atmósferas que envuelven la acción sin sobrecargarla; y Micaela Canales, en el diseño de vestuario, define con claridad los universos de cada personaje, aportando identidad y coherencia estética mientras refuerza sus estados emocionales a lo largo de la obra.

En conjunto, esta versión de «Prohibido Suicidarse en Primavera» destaca por una propuesta estética sólida y envolvente, donde la dirección y el equipo creativo construyen un universo coherente, poético y visualmente atractivo que potencia el discurso de la obra; sin embargo, el montaje no siempre logra sostener ese mismo nivel en lo actoral, donde la falta de mayor organicidad y profundidad emocional en algunos intérpretes limita el impacto del conflicto. Aun así, entre aciertos interpretativos puntuales y un diseño escénico notable, la puesta consigue transmitir su mensaje central, recordando que, incluso en medio de la desesperación, la vida sigue abriéndose paso.

«Prohibido Suicidarse en Primavera» se presenta del 23 de abril al 17 de mayo (excepto 01 y 08 de mayo) en el Teatro de la Aduana Alberto Cañas Escalante. Jueves, viernes y sábados a las 7:00 p.m. y domingos a las 5:00 p.m.




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