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DESOKUPADAS - CRÍTICA

Tres mujeres que apenas se conocen conciben un plan para ayudar a una de ellas en Desokupadas, una comedia policiaca (hasta cierto punto) y sororidad que muestra cómo a pesar de saber poco una de las otras, la unión y la solidaridad revelan que incluso los vínculos más inesperados pueden sostenerse desde la empatía y la necesidad compartida de sobrevivir. Con un montaje que se lleva las carcajadas del público, pero que en sus momentos conmovedores no termina de alcanzar la profundidad emocional que propone. Aunque las interpretaciones alcanzan momentos de gran honestidad, la estructura del montaje se refugia en el humor justo cuando la emoción está a punto de calar.


Ramón Paso (dramaturgia) habla con la verdad cuando dice que, en un mundo justo, las mujeres no morirían en manos de sus parejas y los adultos mayores no serían echados a la calle o llevados a un asilo. Y es que esas son algunas de las preocupaciones que cada personaje tiene, funcionando como motor de sus decisiones y como reflejo de una realidad que la obra pretende visibilizar, apoyándose casi por completo en la comedia. Sin embargo, en varios momentos, cuando la acción está por alcanzar un punto de mayor carga dramática, se introduce un comic relief que interrumpe la tensión, impidiendo que se profundice del todo en los conflictos, temores y preocupaciones de los personajes.

Desokupadas busca reflexionar a través de una comedia de enredos. La obra inicia con Amparo (Marcia Saborío alternando con María Torres), una madre sobreprotectora que recibe una llamada de su hijo: debe pagar una deuda de veinticinco millones tras el fracaso de un videoclub. En medio de la llamada, su nuera —nombrada como «la marqueta de hielo»— sugiere vender la casa y trasladarla a un asilo, evidenciando así el primer tema: cómo las personas adultas mayores son muchas veces tratadas como un estorbo o una carga, más que como individuos con dignidad y autonomía.


Amparo es muy clara con sus opiniones al respecto; al inicio, son expresadas por medio de un lenguaje más coloquial y con vocabulario soez que podrían dar a entender que no le afecta tanto, o del todo, la situación; sin embargo, cuando está sola, o con sus amigas de confianza, el personaje se permite mostrarse vulnerable, y es ahí donde Marcia Saborío construye sus momentos más honestos, revelando las grietas emocionales que sostienen a Amparo más allá de la comedia; Saborío tiene gran facilidad para la comedia, creando momentos hilarantes, pero es en su introspección donde alcanza mayor fuerza, dejando ver a una mujer que, poco a poco, intenta reconciliarse con sus miedos, su realidad y las decisiones que la atraviesan.

En medio de la caótica llamada, aparece Mari Carmen (Carmen Chinchilla), la vecina de abajo que padece de timidez extrema y posee un coeficiente intelectual muy alto, lo que la perfila como una mente estratégica. Interpretativamente, Chinchilla no construye a Mari Carmen desde la comicidad, y ahí radica su mayor fortaleza: su seriedad y su timidez funcionan como contraste, potenciando el humor desde la contención y no desde la exageración.


Y justo en medio del contraste de ambas, aparece Rosita (Guisella Solís alternando con Laura Gómez), uno de los personajes más interesantes del montaje; Solís construye con Rosita un arco de personaje muy claro. Rosita sufre violencia doméstica por parte de su esposo; en su primera aparición, se nos presenta temerosa y sumisa, pero conforme avanza la obra se va empoderando, alcanzando un punto dramático tan alto que logra romper con esa imagen inicial y convertirse en un reflejo de resistencia y transformación.

Rosita es quien logra unir a estas mujeres con un objetivo en común: lograr que ella salga de esta complicada relación, y es ahí donde planean un crimen: ir a la joyería donde trabaja él, dispararle, robar las joyas y así Rosita termina su relación, mientras Amparo logra pagar la deuda de su hijo. En este punto, la dirección de María Torres es fundamental; Torres consigue sostener el ritmo frenético de la comedia y extraer la verdad emocional de las actrices, aunque luche constantemente contra un texto que prefiere el remate cómico antes que el silencio dramático. Su labor permite que las motivaciones sean claras y que el caos del enredo no opaque la humanidad de las protagonistas.

Desokupadas cuenta con un equipo creativo sólido que construye con acierto el mundo de Amparo, una pintora cuya identidad se refleja en un apartamento abstracto diseñado por Fedra Brenes y María Torres, donde sus cuadros y espacio de trabajo dialogan con su estilo artístico. En vestuario, Marcia Saborío y María Torres definen con claridad a cada personaje: Amparo apuesta por lo colorido y lo hippie, Mari Carmen por tonos más oscuros y aseñorados, y Rosita presenta la propuesta más interesante, ya que su vestuario evoluciona junto con el personaje, pasando de una apariencia más rígida a una que refleja su progresiva liberación.

En conjunto, Desokupadas encuentra su mayor fortaleza en la solidez de su equipo creativo y en un elenco que sostiene con precisión tanto el ritmo cómico como la construcción de sus personajes, logrando momentos genuinamente efectivos desde lo actoral y lo escénico. Si bien la obra no siempre se permite profundizar en la herida debido a su compromiso con el género cómico, el mensaje de unión femenina prevalece con fuerza sobre el escenario. Así, aunque tiene algo importante que decir y no siempre alcanza la profundidad que propone, logra conectar con el público desde la risa y la empatía, dejando una propuesta cercana, reconocible y sostenida por su energía colectiva.

«Desokupadas» se presenta viernes a las 8:00 p.m., sábados a las 7:00 p.m. y domingos a las 6:00 p.m. en el Teatro de Marcia y María.

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