EL PRINCIPITO: UNA AVENTURA MUSICAL - CRÍTICA
- Daniel Morales Lopez
- 25 feb
- 6 Min. de lectura
Gerardo Cruz crea una mágica versión de la novela de Saint-Exupéry en «El Principito: Una Aventura Musical» en la que a través de tecnología y colores nos es contada la historia del misterioso niño que visita diferentes planetas con el propósito de huir de la confusión emocional causada por su rosa, y aprender a cuidar los vínculos y mirar con el corazón son las únicas formas de encontrar sentido en medio del caos del mundo adulto.
El Principito ha tenido múltiples adaptaciones en Costa Rica; sin embargo, lo particular de esta versión de Carmen Castelli es su contemporaneidad sin perder fidelidad a la novela original, lo que propone una nueva lectura de la historia. La adaptación acerca a los personajes a nuestro contexto, como ocurre con el Vanidoso, convertido en un influencer admirado por sus seguidores, e incorpora guiños al lenguaje actual. A través de la música de Raquel Ratti y Eduardo Frigerio la obra se vuelve aún más cercana: pop, rock y baladas dan identidad a cada personaje y refuerzan sus emociones, permitiendo que el público conecte de forma inmediata con sus conflictos y sus búsquedas.

El Principito es un niño proveniente de un pequeño planeta que emprende un recorrido por distintos mundos tras alejarse de su amada rosa, impulsado por la necesidad de comprender sus propios sentimientos. En su travesía conoce a personajes singulares que representan distintas formas de ver la vida y el mundo adulto —la vanidad, la ambición, el control, la soledad—, y a través de ellos va descubriendo el valor de la amistad, la responsabilidad afectiva y el amor verdadero. Al llegar a la Tierra, su encuentro con el Aviador da lugar a una relación que transforma a ambos y revela el verdadero sentido de los vínculos humanos: comprender al otro, cuidar aquello que se ama y aprender que lo esencial no puede verse con los ojos. Así, su viaje se convierte en una experiencia de descubrimiento interior que cuestiona la lógica del mundo adulto y reivindica la sensibilidad, la imaginación y la capacidad de asombro.

La dirección de Gerardo Cruz apuesta por una propuesta visualmente muy colorida que, mediante el mapping y una escenografía minimalista, ofrece una mirada contemporánea que refresca la obra. El ritmo fluye con naturalidad y logra conectar con la vulnerabilidad de los personajes sin perder la dimensión reflexiva del montaje. Las actuaciones son orgánicas, destacando especialmente al Principito por su inocencia y capacidad de asombro; sin embargo, esa misma línea se percibe también en el Aviador, cuyos momentos de mayor intensidad emocional resultan algo contenidos. Aun así, cada personaje tiene una construcción clara. La música y la tecnología dialogan bien entre sí, pero la iluminación no siempre acompaña: funciona en escenas íntimas, aunque en los números de ensamble se vuelve demasiado oscura y dificulta ver con claridad la acción grupal.

Steven Campos como Principito aborda al personaje desde una absoluta ternura. Campos se entrega totalmente a este niño; en su interpretación podemos ver su capacidad de asombro y su amabilidad con los diferentes habitantes de los planetas, incluso cuando no está de acuerdo con algunos de sus pensamientos. Una ventaja que Campos tiene es que su voz es sumamente dulce, lo que le añade una capa de sensibilidad y honestidad al personaje, reforzando su inocencia sin caer en la exageración. Esa cualidad vocal, junto con su presencia escénica serena, sostiene al Principito como el corazón emocional del montaje.
Vocalmente, Luis Montalbert como Aviador es brillante: al cantar transmite con fuerza las emociones y frustraciones del personaje, y en escenas como el enfrentamiento con la serpiente comunica eficazmente su preocupación. No obstante, en los textos hablados se percibe cierta debilidad; por ejemplo, en la discusión sobre las espinas con el Principito, su explosión resulta más contenida de lo esperado, restando contraste entre la seriedad adulta del Aviador y la inocencia del niño. Aun así, en las escenas más introspectivas y reflexivas, la interpretación se vuelve más honesta y vulnerable, permitiendo que el Aviador deje ver sus dudas, su tristeza y su humanidad.

Este musical trae consigo a nuevas revelaciones en el Teatro Musical como lo son Rachelle Araya, Carlos Guillén y Sofía Fernández. Rachelle como la Serpiente se adueña del personaje, es impresionante cómo a través de su voz, desde la primera aparición, transmite su maldad, la villanía de la serpiente y su capacidad de manipulación en el Principito. Su interpretación no se queda únicamente en lo vocal: hay una intención clara en cada texto, un manejo preciso del ritmo y una seguridad escénica que construyen una antagonista elegante y perturbadora.
Lo mismo sucede con Carlos Guillén como Negociante: tiene una presencia escénica muy fuerte, haciendo de su personaje alguien exagerado y ambicioso, pero lo construye de una manera tan precisa y consciente que evita caer en la caricatura vacía. Guillén entiende el tono del montaje y aprovecha la exageración como recurso dramático, dotando al Negociante de ritmo, humor y una energía que dinamiza su escena.
Y Sofía Fernández como la Rosa deja en claro su característica desde el primer momento: la vanidad. Fernández, a través de sus gestos, su corporalidad e incluso su manera de decir los textos, construye una rosa orgullosa y consciente de su encanto, pero sin perder la fragilidad que define al personaje. Hay en su interpretación un delicado equilibrio entre capricho y vulnerabilidad. Tiene una voz muy pop que en su canción aporta frescura y brillo al número musical. Su interpretación no solo destaca por su calidad vocal, sino porque logra transmitir la necesidad de ser cuidada y amada que habita en el fondo del personaje.

Bernardo Jiménez como Zorro crea un personaje sumamente memorable. Interpretativamente, Jiménez realiza un trabajo muy completo, logrando transmitir con honestidad la ilusión y la esperanza de ser domesticado. Su construcción está llena de matices: hay paciencia, ternura y también una sutil vulnerabilidad que deja ver el deseo genuino de crear un vínculo. Sin exageraciones, apuesta por la sensibilidad y la conexión directa con el Principito, haciendo que su relación evolucione de manera orgánica.
Paula Alfaro como coreógrafa del montaje hace que el ensamble sea fuego en escena. Sus coreografías no solo aportan espectáculo, sino que refuerzan el carácter de cada escena y elevan la intensidad del montaje. Aunque sus participaciones no sean cantadas, o habladas, se logra apreciar una construcción de personajes, cada integrante tiene intención, energía y una identidad definida.

Nebin Mata, en la dirección vocal, realiza un trabajo sumamente cuidado y preciso. El espectáculo cuenta con pit singers que potencian las canciones de la obra, aportando cuerpo, armonía y mayor profundidad sonora a cada número musical. Gracias a este respaldo, las interpretaciones principales se sostienen con seguridad, permitiendo que la energía vocal del montaje se mantenga constante y bien equilibrada a lo largo de la función. También en las voces de los personajes hay un trabajo vocal que deja una intención clara en los matices de cada intérprete, que permite que las canciones no solo suenen afinadas, sino que estén cargadas de intención dramática.

El vestuario (Gerardo Cruz) apuesta por una reinterpretación contemporánea, alejándose de lo literal para construir una estética colorida y actual. Cada diseño permite identificar rápidamente a los personajes, destacando especialmente propuestas como la de la Serpiente y la Rosa, cuyos diseños refuerzan su personalidad y presencia escénica. Además, dialoga con coherencia con el mapping y la escenografía minimalista, complementando el universo visual del montaje sin robarle protagonismo a los demás elementos.
Ahora bien, el diseño de iluminación es el elemento que menos termina de integrarse al universo propuesto. La apuesta por una atmósfera más íntima funciona con acierto en los momentos de diálogo o introspección; sin embargo, esa misma lógica se mantiene en escenas de mayor amplitud, como las del Rey o el Bebedor, donde la luz se concentra casi exclusivamente en el Principito y el personaje correspondiente. Esto provoca que, por momentos, el ensamble quede relegado visualmente y se pierda parte de la fuerza colectiva que la coreografía y el movimiento construyen.
Y el diseño de audio tiene sus aciertos y desaciertos; no es una constante a lo largo del espectáculo, pero sí se percibe de manera puntual en la escena del Vanidoso. En ese número —al tratarse de un rap, donde la dicción y el ritmo verbal son fundamentales— por momentos la música se impone sobre la voz y dificulta la comprensión de la letra. Dado que se trata de una escena con un peso narrativo importante, perder algunas palabras implica también perder parte de su intención dramática. Ajustar ese equilibrio en este número específico permitiría que su contenido llegue con mayor claridad y potencia al público.

En conjunto, «El Principito: Una Aventura Musical» se consolida como una de las adaptaciones más sólidas y actuales del clásico de Antoine de Saint-Exupéry en la cartelera costarricense. La propuesta de Gerardo Cruz logra equilibrar espectáculo y reflexión, apostando por una estética contemporánea que dialoga con la tecnología, la música y el movimiento sin perder la esencia del relato original. Más allá de algunos ajustes técnicos que podrían potenciar aún más su impacto, el montaje destaca por la entrega de su elenco, la coherencia de su universo visual y la sensibilidad con la que aborda sus temas centrales. Esta versión no solo reimagina la historia, sino que reafirma su vigencia, recordándonos —con color, emoción y honestidad— que lo esencial sigue siendo invisible a los ojos.

«El Principito: Una Aventura Musical» se presenta del 20 de febrero al 01 de marzo en el Teatro Auditorio Nacional. Viernes a las 7:00 p.m., sábados a las 6:00 p.m. y domingos a las 11:00 a.m. y 3:00 p.m.




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