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HILO ROJO. RUIDO BLANCO - CRÍTICA

La LESCO es una lengua poco explorada en montajes teatrales; muchas veces, se opta por hacer funciones en las que la obra corre con normalidad, y cuentan con un intérprete durante la función, pero son pocas las ocasiones en las que la historia en sí involucre a la comunidad sorda como su hilo conductor. Esto es lo que sucede en «Hilo Rojo. Ruido Blanco», una historia de amor en la que esta es un pilar para que sea contada.


Katia Mora y Luis Diego Chan (con asesoría de Carlos Salazar en dirección) construyen con «Hilo Rojo. Ruido Blanco» un abrazo al corazón a partir de una historia profundamente humana que, más allá de entretener, cala en el público y lo interpela. En una propuesta donde no hay música ni apoyos sonoros, la iluminación de Gabriel Apú se vuelve esencial para contextualizar las escenas y profundizar en los momentos de mayor vulnerabilidad de los personajes, mientras que la escenografía minimalista de Daniela Mora guía al espectador por los distintos espacios —un parque, un bar, una casa— sosteniendo visualmente el concepto del hilo rojo y el ruido blanco que define a cada personaje.

Fotografía: Aucarea Photography
Fotografía: Aucarea Photography

Vanessa y Javier se conocen por casualidad en un bar. Ella es oyente, él es sordo. Lo que comienza como una conexión linda, atravesada por la curiosidad, la risa y el descubrimiento del otro, se transforma en una relación que se extiende a lo largo de tres años. En ese tiempo, el vínculo se ve puesto a prueba por barreras que no siempre son visibles: familias que no logran comprenderlos del todo, rutinas que desgastan el amor y dos idiomas que, al mismo tiempo que los unen, también los separan. A través de encuentros, desencuentros y silencios compartidos, la obra acompaña a la pareja en su intento por sostener un lazo que se construye entre el ruido del mundo y la necesidad profunda de comunicarse.

Fotografía: Aucarea Photography
Fotografía: Aucarea Photography

Katia Mora y Luis Diego Chan (dramaturgia) tienen un texto que cuestiona temas importantes como lo es la salud mental. La salud mental en la obra toma relevancia en un momento en el que la pareja tiene una discusión bastante fuerte, y Vanessa acude al psicólogo, pero Javier va con sus amigos al bar; con esta escena, el texto cuestiona al público con la incógnita: ¿Las personas sordas tienen acceso a tratar su salud mental? Y es una pregunta que el mismo texto responde: No, muchos de los psicólogos no saben LESCO, o indican sí saberla, pero al momento de la consulta, no la saben. A partir de esta situación, la dramaturgia expone una desigualdad que rara vez se problematiza en escena, evidenciando cómo el acceso a la salud mental no es el mismo para todas las personas.

Fotografía: Aucarea Photography
Fotografía: Aucarea Photography

Ambos lados de la moneda son expuestos: por un lado, la comunidad sorda y las dificultades reales que enfrenta para acceder a atención en salud mental; por otro, Vanessa, como persona oyente, pone sobre la mesa la carga emocional que implica vincularse con una persona sorda, evidenciando lo complejo que puede ser asumir constantemente el rol de intérprete. Interpretar lo que Javier expresa, tener claridad absoluta sobre sus propios sentimientos para poder comunicárselos y mediar con el resto de las personas en contextos cotidianos se convierten en tensiones que la obra aborda con honestidad y sin juicios.

Fotografía: Aucarea Photography
Fotografía: Aucarea Photography

Ahora, «Hilo Rojo. Ruido Blanco» no solo aborda las problemáticas y tensiones mencionadas anteriormente; Mora y Chan también nos presentan los momentos en los que la pareja se conoció, el proceso de Vanessa aprendiendo LESCO y las equivocaciones que cometió en el camino. Estos recuerdos conviven con discusiones y conflictos que muestran cómo el apoyo mutuo puede transformarse en un vínculo lleno de amor y cuidado, pero también de frustraciones y silencios que ponen a prueba la relación. Así, la dramaturgia nos recuerda que el amor no es un estado fijo, sino un proceso en constante construcción, donde aprender a comunicarse —en todos los sentidos— se convierte en un acto de compromiso y amor.

Fotografía: Aucarea Photography
Fotografía: Aucarea Photography

Katia Mora construye en Vanessa un arco actoral sólido y sensible, que transita con entrega desde la ilusión inicial hasta el desgaste emocional que se acumula con el tiempo. Su interpretación del enojo y la frustración se sostiene en la naturalidad, generando una conexión honesta con el público. Destaca especialmente la forma en que encarna el momento en que Vanessa conoce a Javier, donde la chispa inicial y el impulso por aprender LESCO nacen no solo de la necesidad de comunicarse, sino del amor que comienza a surgir.


Luis Diego Chan como Javier es una joya. Chan es sumamente expresivo, llena de matices al personaje, y a través de las señas podemos ver un arco completo muy bien construido; se aprecian diferentes emociones en su rostro: cuando Vanessa duda sobre algunas cosas que puede hacer como bailar, las facciones de Luis Diego adoptan una expresión de expectativa contenida, un “vamos a ver” que mezcla curiosidad y cautela. Chan maneja estos pequeños gestos con gran precisión, permitiendo que, a través de las señas y el rostro, el personaje se exprese con claridad y profundidad, construyendo un Javier lleno de matices, humanidad y una presencia escénica profundamente honesta.

Fotografía: Aucarea Photography
Fotografía: Aucarea Photography

Como dupla, Katia Mora y Luis Diego Chan logran una química escénica que sostiene la obra de principio a fin. Sus interpretaciones no solo se complementan, sino que dialogan constantemente, permitiendo que la relación evolucione con claridad y verdad. La entrega emocional de Mora encuentra un contrapunto preciso en la expresividad de Chan, generando un equilibrio que hace creíble cada etapa del vínculo: la ilusión inicial, la intimidad que se construye, las peleas y el desgaste emocional. En escena, ambos sostienen la fragilidad de la relación, confiando en los gestos mínimos, en la escucha y en los tiempos compartidos. Juntos, hacen visible que el amor no se define únicamente por el sentimiento, sino por el esfuerzo cotidiano de comprender al otro y de aprender a comunicarse incluso cuando hacerlo resulta difícil.

Fotografía: Aucarea Photography
Fotografía: Aucarea Photography

«Hilo Rojo. Ruido Blanco» se consolida como un montaje necesario y profundamente sensible dentro de la escena teatral costarricense, no solo por integrar la LESCO como eje narrativo, sino por atreverse a mirar de frente las desigualdades, los silencios y las cargas emocionales que atraviesan una relación entre una persona sorda y una oyente. Mora y Chan, junto a un equipo artístico y ellos como una dupla actoral excepcional, construyen una obra que conmueve sin subrayar, que cuestiona sin moralizar y que invita al público a repensar la comunicación, el amor y el acceso equitativo a derechos fundamentales como la salud mental. Al final, la obra deja claro que el verdadero hilo que une a sus personajes —y al espectador con la historia— no es solo el amor, sino la voluntad constante de escuchar, aprender y sostener al otro, incluso en medio del ruido del mundo.

Fotografía: Aucarea Photography
Fotografía: Aucarea Photography

«Hilo Rojo. Ruido Blanco» no se encuentra actualmente en cartelera.

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