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LA MUJER Y EL ESQUELETO - CRÍTICA

¿Qué pasa cuando la línea entre la ficción y la realidad se rompe y ya no sabemos si estamos actuando o simplemente intentando sobrevivir? María Luisa Garita construye una interpretación absorbente, frágil y profundamente inquietante, encarnando a Raquel en «La Mujer y el Esqueleto», una obra que nos sumerge en el deterioro emocional de una actriz al borde del colapso.


Ganador del Concurso Nacional de Dramaturgia Inédita, el texto de Mabel Marín no juega únicamente con la ambigüedad entre realidad y ficción: la convierte en estructura. La obra avanza de manera que, cada ensayo, cada recuerdo y cada discusión profundizan la sensación de aislamiento. Más que preguntarnos qué es real, nos obliga a preguntarnos qué tan frágil puede ser la mente cuando el arte deja de ser refugio y se convierte en obsesión.

Fotografía: Karina Díaz
Fotografía: Karina Díaz

Raquel es una actriz que ensaya obsesivamente una escena de baile junto a un esqueleto de utilería. Lo que al inicio parece parte de un proceso creativo comienza a adquirir un peso inquietante cuando el objeto deja de ser simplemente escenografía y empieza a ocupar un lugar emocional en su rutina. A medida que los ensayos avanzan, las discusiones con su pareja, las ausencias en el trabajo y los vacíos de memoria se acumulan, y la percepción de Raquel se vuelve cada vez más inestable. El esqueleto parece escucharla, acompañarla, incluso intervenir. Y ahí es donde la obra nos instala en una duda constante: no sabemos si estamos presenciando un deterioro psicológico, una manifestación de soledad extrema o el resultado de una obsesión artística que terminó consumiéndola.

Fotografía: Karina Díaz
Fotografía: Karina Díaz

La dirección de Gladys Alzate construye la tensión de forma progresiva y sostenida, permitiendo que el deterioro de Raquel se sienta orgánico y no forzado. Hay escenas —sobre todo en los enfrentamientos con Sergio— donde los silencios pesan e incomodan, creando una atmósfera realmente tensa. Su dirección va por tratar al esqueleto como una presencia con vida, casi con voluntad propia, es uno de los mayores aciertos, porque refuerza esa sensación de disociación constante. Sin embargo, aunque el ritmo se mantiene firme, los momentos de quiebre podrían ser más contundentes para que el impacto emocional sea aún más fuerte. La iluminación cumple una función más práctica que expresiva, y ahí había espacio para potenciar los estados mentales del personaje. Aun así, la dirección deja clara la fractura interna de Raquel sin cerrar del todo la idea, manteniendo la pregunta sobre qué está ocurriendo realmente.

Fotografía: Karina Díaz
Fotografía: Karina Díaz

María Luisa Garita aborda a Raquel de una manera tan sensible y entregada que podemos ver, a través de su mirada, a una persona que inició desde la disciplina y la pasión por su oficio, pero que poco a poco se va dejando consumir por una obsesión que la desborda. Su interpretación transita con sutileza entre la lucidez y la fractura, sin caer en exageraciones, permitiendo que el quiebre se sienta humano y dolorosamente cercano. Y es justo ahí donde María Luisa Garita brilla: la forma en que atraviesa ese quiebre es verdaderamente desgarradora, especialmente en esos momentos en los que Raquel ya no logra discernir si lo que ocurre es real, si es consecuencia de sus propias decisiones o si, de alguna manera, es culpa de ese esqueleto.

Fotografía: Teatro Nacional de Costa Rica
Fotografía: Teatro Nacional de Costa Rica

Natalia Arias interpreta a Andrea, una de las amigas de Raquel, y logra que el personaje permanezca en la memoria del público. Andrea es esa amiga que siempre está, que insiste, que busca, que hace y deshace con tal de sostener a quienes quiere. Arias la construye desde la dulzura y la contención, sin exageraciones, dándole una calidez muy humana que contrasta con el caos que atraviesa Raquel. Esa suavidad interpretativa le da peso emocional, porque en medio del deterioro, Andrea representa ese último intento de traerla a la realidad.


Ahora, es con Erick Córdoba como Sergio donde la interpretación todavía no termina de alcanzar su punto más alto. Sergio, pareja de Raquel, está construido como una figura dominante dentro de una relación claramente tóxica, con actitudes y comentarios duros que marcan la dinámica entre ambos. La propuesta funciona y deja clara esa tensión, pero podría ir un paso más allá en intensidad y presencia escénica para generar un efecto más contundente de intimidación y temor en el público. Hay una propuesta sólida, pero si se profundiza en la amenaza —más desde la contención que desde el volumen— el impacto emocional sería todavía más fuerte.

Fotografía: Karina Díaz
Fotografía: Karina Díaz

David Rojas plantea un diseño de iluminación que cumple su función y mantiene visibles las acciones en escena; sin embargo, podría arriesgar un poco más en la construcción atmosférica. La propuesta es buena, pero sería interesante que se adentrara aún más en la mente de Raquel, jugando con oscuros, contrastes más marcados o variaciones tonales que acompañen sus estados de disociación. Más que solo iluminar la acción, la luz podría convertirse en un elemento narrativo que intensifique la sensación de amenaza y fragilidad.

Fotografía: Karina Díaz
Fotografía: Karina Díaz

Carlos Escalante nos lleva a través de las escenas con su música; en los momentos donde el quiebre de Raquel alcanza su punto más alto, construye atmósferas de suspenso y una ansiedad latente que se siente debajo de la piel. Pero también nos lleva hacia la intimidad: cuando Raquel ensaya, sus composiciones generan una sensación de calma y concentración que contrasta con el caos posterior. Y es justamente en ese contraste donde su trabajo cobra mayor fuerza, porque esa aparente tranquilidad prepara al público para que los estallidos emocionales resulten aún más intensos.


El montaje se complementa con las animaciones y multimedia de Carlos Álvarez y Gabriel Malagola, que no acompañan desde lo emocional sino desde lo visual. En distintos momentos, el teatro se llena de esqueletos que invaden el espacio y convierten el escenario en una proyección tangible de la mente fragmentada de Raquel. Más que ilustrar lo que ocurre, estas imágenes expanden el conflicto hacia todo el espacio escénico, haciendo que el caos deje de ser interno y se vuelva imposible de ignorar.

Fotografía: Teatro Nacional de Costa Rica
Fotografía: Teatro Nacional de Costa Rica

«La Mujer y el Esqueleto» es una experiencia que no busca ofrecer certezas, sino sumergirnos en la fragilidad de una mente que se resquebraja entre la obsesión artística, la soledad y una relación tóxica; el texto de Mabel Marín y la dirección de Gladys Alzate sostienen esa ambigüedad constante, mientras María Luisa Garita entrega una interpretación profundamente humana y desgarradora que convierte el deterioro de Raquel en algo cercano y doloroso, logrando que el esqueleto trascienda como símbolo de vacío y aislamiento, y que el público salga del teatro no con respuestas, sino con la incómoda pregunta de qué ocurre cuando el arte, en lugar de salvarnos, empieza a consumirnos.

Fotografía: Teatro Nacional de Costa Rica
Fotografía: Teatro Nacional de Costa Rica

«La Mujer y el Esqueleto» se presenta del 20 de febrero al 22 de marzo en el Teatro Vargas Calvo. Viernes y sábados a las 8:00 p.m. y domingos a las 5:00 p.m.

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