LOS ÁRBOLES MUEREN DE PIE - CRÍTICA
- Daniel Morales Lopez
- 11 mar
- 6 Min. de lectura
Los Árboles Mueren de Pie hace reír, sentir e incluso llorar. El clásico de Alejandro Casona se mantiene vigente porque entiende algo muy simple: a veces la verdad no es lo que más necesitamos escuchar. Bajo la dirección de Marialaura Salom, la obra vuelve a poner sobre la mesa una incógnita incómoda pero profundamente humana. ¿Qué es más solidario: destruir una ilusión con la verdad o sostener una mentira que permita seguir creyendo?
“Muerta por dentro, pero de pie. Como un árbol”. Este texto se convierte en uno de los momentos más contundentes del montaje. En pocas palabras, resume el espíritu de la obra: la dignidad de mantenerse firme aun cuando el dolor habite por dentro. Como el título mismo sugiere, los personajes de «Los Árboles Mueren de pie» sostienen sus ilusiones y su fortaleza frente a las adversidades, recordándonos que, a veces, la verdadera valentía consiste en seguir de pie incluso cuando todo parece haberse quebrado.

La obra cuenta la historia de un matrimonio de ancianos, especialmente de una abuela que vive con la ilusión de que su nieto —a quien cree un joven noble y exitoso— se encuentra triunfando en el extranjero. En realidad, el muchacho se marchó años atrás tras una vida de engaños y delitos. Para evitar que la abuela sufra, su esposo ha sostenido durante años una mentira piadosa: cartas falsas que narran la supuesta vida ejemplar del nieto. Cuando el verdadero nieto anuncia su regreso, el abuelo recurre a una peculiar organización dedicada a crear ilusiones para ayudar a las personas. A partir de allí se construye una compleja ficción destinada a preservar la felicidad de la abuela, enfrentando a los personajes con preguntas sobre la verdad, la mentira y el valor de la ilusión en la vida humana.

La dirección de Marialaura Salom apuesta por una lectura clásica del texto de Alejandro Casona, respetando su tono original y centrando su propuesta en el trabajo actoral. Las interpretaciones, por momentos cercanas a algo más neutro en la forma de decir los textos; sin embargo, en la mayoría, adquieren un matiz interpretativo más fuerte que dialoga con el estilo del autor. Cada personaje presenta un arco emocional claro y un registro actoral propio. No obstante, el ritmo —especialmente en el primer acto, más dedicado a la contextualización— resulta algo lento, aunque mejora en los actos posteriores. Entre los mayores aciertos de Salom destacan los momentos emocionales, abordados con gran intimidad y que dejan finalmente una sensación de una sensación amorosa y cálida.

En el lado cómico, Susy Arnáez como Felisa es de lo más memorable de la comedia de la puesta. Aunque el personaje no tenga demasiados textos, Arnáez lo construye a partir de pequeños gags en sus interacciones con Mauricio y en sus intentos de estar presente en momentos de giros importantes. Junto a Marialaura Salom como Genoveva construyen una dupla muy efectiva: mientras Genoveva se presenta más racional y centrada, Felisa aparece como esa chispa inquieta que recorre la casa y aporta ligereza a la escena.
En el caso de Balboa, interpretado por Manuel Ruiz, la interpretación se caracteriza por una contención que no siempre logra transmitir completamente la culpa del personaje, aunque esto mismo permite que su vulnerabilidad aparezca con mayor fuerza en momentos clave, como cuando la abuela descubre la verdad. El actor aprovecha bien los silencios al contar la historia de las cartas, aportando peso emocional, y a nivel corporal muestra a un hombre todavía firme, cuya postura y desplazamiento reflejan preocupación y seguridad. En sus escenas con Mauricio se entiende que su motivación nace del deseo de proteger a su esposa, lo que genera empatía con el público; sin embargo, en el primer acto, su capacidad de asombro y sospecha no resulta del todo orgánica.

Mauricio es interpretado por Miguel Ángel Grazioso, quien construye al personaje desde una autoridad clara, aunque marcada por una actitud compasiva y empática hacia los demás. A través de su voz transmite seguridad y tranquilidad, lo que refuerza su rol de líder dentro de la organización, al mismo tiempo que maneja con naturalidad el equilibrio entre los momentos cómicos y los más serios del texto. En sus escenas con Isabel se perciben momentos de mayor vulnerabilidad que humanizan al personaje y permiten que el público vea otras facetas de él. Mauricio se presenta como un personaje que se va revelando poco a poco, con varias capas en su construcción; sin embargo, desde el inicio queda claro que todas sus acciones responden a un mismo objetivo: actuar “por la causa”.
Katia Mora realiza una interpretación excelente de Marta/Isabel, construyendo desde el inicio un personaje marcado por el temor, la inseguridad y el miedo, con un arco dramático muy claro. Se deja llevar por las emociones del personaje y las expresa principalmente a través de lo corporal, haciendo visible cómo la situación de la abuela la afecta cada vez más. Logra una complicidad escénica efectiva con Balboa y Mauricio, mientras que con este último también se percibe una tensión amorosa constante. En los momentos más dramáticos, su interpretación alcanza una explosión emocional muy expresiva que logra erizar la piel del público.

La abuela, interpretada por Ivonne Brenes, se construye desde una energía que combina fuerza y fragilidad, con una voz firme que sostiene la presencia del personaje en escena. Aunque en los momentos de comedia su interpretación no destaca tanto, en el plano dramático se convierte en una verdadera joya: Brenes impone con naturalidad y logra erizar la piel del público, especialmente en el momento en que descubre la verdad, donde alcanza una explosión interpretativa muy rica de observar. Su trabajo termina dejando en el público una sensación de admiración y ternura hacia el personaje.
El nieto real, interpretado por Dionisio Leal, funciona como uno de los grandes contrapuntos dramáticos dentro de Los Árboles Mueren de Pie. A diferencia del mundo de ilusión y bondad que construye la organización del director de la empresa, este personaje representa una irrupción más cruda de la realidad. Leal lo construye como un antagonista completo, con una interpretación sólida y cuidadosamente trabajada que deja ver el cinismo y el interés del personaje. Su presencia en escena genera un quiebre en la atmósfera de la obra, marcando un contraste claro con la ternura y la esperanza que rodean a la abuela. El actor sostiene esta oposición con seguridad, componiendo un personaje firme y convincente que encarna el conflicto moral de la historia y refuerza el valor de las decisiones que toman los demás personajes frente a él.

Escenográficamente, Roger Robles diseña una propuesta que nos mete totalmente en cada una de las atmósferas que plantea la dirección: una organización que, con solo verla, deja entrever que ahí suceden cosas que no son del todo “normales”; y, en contraste, la casa de la abuela nos transporta a la elegancia y calidez de un hogar donde cada elemento parece resguardar la ilusión que sostiene a quienes viven allí. A esto se suma un diseño de iluminación muy minucioso, que se convierte en uno de los recursos encargados de potenciar las emociones del público; particularmente en la última escena, donde la luz conduce la mirada hacia la intimidad de la abuela, haciendo que el momento se vuelva aún más sensible y conmovedor. Allí, la iluminación se vuelve más contenida y cálida, aislando el espacio y enfocando la atención en el vínculo emocional que se ha construido a lo largo de la obra.

En conjunto, «Los Árboles Mueren de Pie» se sostiene como una obra que recuerda el poder del teatro para hablar de aquello que nos duele sin renunciar a la esperanza. La puesta de Marialaura Salom rescata el espíritu humanista de Alejandro Casona, apostando por una historia donde la ilusión, la compasión y la dignidad conviven con la fragilidad humana. Más allá de sus pequeños tropiezos de ritmo, el montaje encuentra su mayor fuerza en los momentos íntimos y en la capacidad de sus intérpretes para sostener el corazón emocional del texto. Al final, la obra no pretende dar una respuesta definitiva a su gran pregunta moral, sino recordarnos que, frente a las adversidades de la vida, muchas veces las personas elegimos seguir de pie —como los árboles— incluso cuando por dentro ya hemos sido atravesados por el dolor

«Los Árboles Mueren de Pie» se presenta del 06 al 22 de marzo en el Teatro Eugene O'Neil. Viernes y sábados a las 8:00 p.m. y domingos a las 5:00 p.m.




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