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MADRE CARAJO - CRÍTICA

Una obra que retrata la realidad de las mujeres trans desde la humanidad; Madre Carajo expone las luchas, situaciones que enfrentan día con día, y sus esperanzas en los sueños que añoran cumplir, y tiene un mágico efecto en el público: lo invita a empatizar y a reflexionar, haciéndolo salir de la sala cuestionándose: cuánto de esa realidad desconocía, cuánto de sus propios prejuicios sigue cargando y, sobre todo, qué lugar decide ocupar frente a una sociedad que aún les debe dignidad y respeto.


La representación en esta obra es sumamente necesaria e importante: un montaje protagonizado por mujeres trans y que fue escrito para ellas se convierte en un espacio donde las historias no son prestadas ni interpretadas desde afuera, sino vividas y contadas desde la propia experiencia. Esto le da al montaje una fuerza particular, cargada de honestidad y sensibilidad, que trasciende lo escénico para convertirse en un acto de visibilidad necesario.

Camila Schumacher construye una dramaturgia poderosa que aborda el anhelo de pertenencia familiar y del respeto a la identidad. Su texto reafirma una verdad simple pero a menudo ignorada: las personas trans son seres humanos que merecen una vida libre de discriminación. Bajo la dirección de Mara Toruño, la puesta en escena potencia esta intención; Toruño guía el material con una sensibilidad que evita el subrayado innecesario, permitiendo que el texto respire y se sostenga en la honestidad de quienes lo encarnan.

Jimena Franco y Natalia Porras interpretan a Ámbar y Britany, respectivamente. Franco es una joya en escena: construye a Ámbar desde una humanidad y genuinidad profundamente conmovedoras, destacando en momentos como aquel en que imagina poder convivir con sus sobrinos y convertirse en “la tía regalona”, donde la ilusión en su mirada resulta especialmente potente. Por su parte, Porras dota a Britany de una gran fuerza dramática, particularmente en escenas donde defiende a su bebé de la discriminación o cuando sueña con la fiesta de cumpleaños de su hija, cuya imposibilidad termina siendo devastadora. Su interpretación, cargada de amor y verdad, se complementa además con un manejo preciso de los momentos cómicos: aunque la obra no se apoya en la comedia, Vargas aprovecha estos instantes como alivios emocionales, equilibrando el tono sin perder la profundidad del texto.

También destacan Mamita y Andrea, interpretadas por María Bonilla y Zoraya Mañalich, personajes atravesados por la culpa y el dolor. Ambas construcciones son complejas, y las actrices las abordan con acierto. Mañalich encarna a Andrea a flor de piel, mostrando una postura más conservadora que, sin embargo, busca comprender a Ámbar e integrarse a su mundo. Por su parte, Bonilla compone a Mamita desde una culpa mucho más profunda, explorando al personaje con una mezcla de curiosidad y cautela: su interpretación deja ver esa distancia marcada con su hija, pero también el deseo latente de acercarse y formar parte de su vida.

Y quienes replican los discursos de odio como lo es el personaje de Jose interpretado por Luis Alejandro Alfaro. Jose es un villano muy marcado, que odia y violenta desde la ignorancia y el prejuicio, convirtiéndose en una representación clara de esos discursos que siguen permeando la sociedad. Alfaro lo construye con firmeza y convicción, sin matices que lo suavicen, lo que refuerza su función dentro del relato: incomodar, evidenciar y confrontar al público con una realidad que, aunque incómoda, sigue siendo profundamente vigente. Su presencia en escena tensiona constantemente el conflicto y pone en contraste, de forma directa, la humanidad de los demás personajes frente a la crudeza de la discriminación.

Madre Carajo no solo se sostiene como una propuesta teatral sólida en lo interpretativo y lo escénico, sino que trasciende como un acto profundamente humano y necesario. A través de un texto honesto, interpretaciones cargadas de verdad y una dirección sensible, la obra logra poner en primer plano historias que históricamente han sido silenciadas, invitando al público no solo a mirar, sino a cuestionarse. Es un montaje que incomoda, conmueve y, sobre todo, deja una huella: la de recordarnos que el teatro también puede ser un espacio de empatía, visibilización y cambio.

«Madre Carajo» no se encuentra actualmente en cartelera.

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