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BAJO TERAPIA - CRÍTICA

La comedia sobre parejas en una terapia enfrentando distintos momentos de su relación de Matías del Federico regresa con una nueva producción: ahora es producida por Espressivo que aborda el montaje a partir de un concepto elegante y redondo, una «Bajo Terapia» que encuentra equilibrio entre el humor y la tensión emocional, potenciando el juego actoral y sosteniendo con precisión el ritmo de una historia que, entre risas incómodas y verdades incómodas, termina por desnudar las realidades más íntimas de sus personajes.


Uno de los mejores aciertos de la obra es el texto de Matías del Federico. Tres parejas en diferentes momentos de su relación: una es más madura, una en su edad más intermedia, y otra más joven. Con «Bajo Terapia» lleva al público a través de un viaje 360° porque pone sobre la mesa temas como la convivencia, los hijos, la parte sexual entre parejas —que en la comedia es de los mejores momentos—, pero también contiene denuncia, y esto le da un peso particular al montaje, elevándolo más allá de la risa y obligando al espectador a confrontar realidades incómodas que resuenan incluso después de que cae el telón.

Fotografía: Andrey Gamboa
Fotografía: Andrey Gamboa

Y es interesante cómo maneja el humor, porque en la mayoría de las ocasiones se trata de un humor principalmente situacional, que nace de las dinámicas entre los personajes y de la tensión que se va acumulando escena a escena. La obra te invita a cuestionarte por qué te estás riendo, si lo que ocurre sobre el escenario no es necesariamente gracioso, logrando así que la risa se convierta también en un reflejo incómodo de aquello que, en el fondo, resulta profundamente reconocible.


Esta nueva producción de Espressivo, dirigida por Rodrigo Durán, entiende precisamente eso, y construye un montaje que potencia ese humor incómodo desde la precisión del ritmo y la contención interpretativa, permitiendo que cada silencio, cada pausa y cada estallido emocional se sientan orgánicos, y que la risa del público surja no solo como respuesta, sino como una reacción inevitable ante la incomodidad de verse reflejado en escena. Pero también construye atmósferas con un excelente acierto, apoyándose en una propuesta estética sobria y bien articulada que acompaña el desarrollo dramático sin imponerse, y que refuerza tanto la intimidad de las confesiones como la tensión que va creciendo entre las parejas.

Fotografía: Andrey Gamboa
Fotografía: Andrey Gamboa

Roberto, interpretado por Pablo González, se construye desde una pasivo-agresividad sostenida, donde el sarcasmo y la calma aparente generan una incomodidad constante, especialmente en sus interrupciones y en la relación de control que establece con Andrea; por su parte, Yael Salazar aborda al personaje desde una fragilidad marcada por la sumisión, pero con una evolución que deja entrever una sutil valentía, logrando una fuerte empatía con el público, potenciada por el peso de sus escasas intervenciones. Como pareja, configuran una dinámica clara de poder y dependencia, visible tanto en el texto como en lo corporal, lo que convierte sus escenas en uno de los focos de mayor tensión e incomodidad del montaje.

Fotografía: Andrey Gamboa
Fotografía: Andrey Gamboa

Mario Chacón construye a Ariel desde lo confrontativo con gran precisión, apoyándose en el sarcasmo y la ironía para generar una comicidad que no solo divierte, sino que también invita al cuestionamiento; sus constantes interrupciones y el uso medido de recursos físicos —como sus tics— se convierten en uno de sus mayores aciertos, apareciendo en momentos clave para potenciar el impacto cómico. Por su parte, Michelle Jones dota a Paula de una autoridad firme sin caer en la rigidez, construyendo un personaje con ideas claras y bien argumentadas, cuya fortaleza radica en el equilibrio entre el enojo y la vulnerabilidad, lo que le permite generar empatía en el público y funcionar, a la vez, como un contrapunto crítico dentro de la obra. Como pareja, ambos configuran una relación visiblemente desgastada, atravesada por su historia familiar, lo que se traduce en escenas que están entre la comedia y la incomodidad, consolidando una dinámica tan tensa como reconocible.

Fotografía: Andrey Gamboa
Fotografía: Andrey Gamboa

Fabricio Fernández es una joya escénica: construye a Esteban con una energía incontenible y un humor que engancha al público desde el inicio, funcionando muchas veces como mecanismo de evasión —especialmente en sus interacciones con Roberto, donde se posiciona como un efectivo comic relief—; sin embargo, uno de sus mayores aciertos está en cómo transita hacia los momentos dramáticos, imponiéndose con fuerza y logrando un contraste interpretativo potente precisamente por venir de un registro mayormente cómico. Por su parte, Paulina Bernini construye a Tamara desde una racionalidad clara y una aparente estabilidad que se va resquebrajando progresivamente, donde, a través de gestos y silencios, deja ver la incomodidad y un conflicto interno que oscila entre lo contenido y lo evasivo. Como pareja, configuran un vínculo amoroso atravesado por la insistencia de Esteban, lo que genera un contraste actoral interesante: mientras él se desborda en afecto, ella marca distancia, evidenciando que, incluso desde el amor, la falta de comunicación termina por tensionar la relación.

El montaje cuenta con un equipo de diseñadores bastante sólido que sostiene una propuesta visual clara. Escenográficamente, Roger Robles propone un diseño minimalista y elegante, con un espacio limpio y funcional donde cada elemento aporta a la acción; la distribución y los distintos niveles generan dinamismo sin recargar, mientras la estética neutra y cálida refuerza la intimidad y potencia el conflicto dramático. Abril Jenkins, en el vestuario, realiza un trabajo excepcional al dotar a cada personaje de una identidad precisa: en el caso de Esteban y Tamara apuesta por una estética contemporánea y relajada que refleja tanto su complicidad como sus contrastes, mientras que en Ariel y Paula opta por una línea más ordenada y estructurada —especialmente en Ariel—, donde el uso del color y la composición refuerzan esa imagen de control y formalidad que el personaje proyecta.

«Bajo Terapia» confirma que la comedia puede ser un vehículo profundamente incisivo cuando se sostiene desde un texto sólido, una dirección precisa y un elenco que entiende el delicado equilibrio entre el humor y la incomodidad. Esta producción de Espressivo no solo entretiene, sino que interpela, logrando que el espectador se ría mientras reconoce, quizá con cierta incomodidad, fragmentos de sí mismo en escena. Con un trabajo actoral consistente y una propuesta estética coherente, el montaje se consolida como una experiencia completa que trasciende la risa fácil para dejar una resonancia emocional que permanece más allá del cierre del telón.

«Bajo Terapia» se presenta del 24 de abril al 07 de junio en Teatro Espressivo. Viernes y sábados a las 8:00 p.m. y domingos a las 6:00 p.m.

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