CRIMEN, SHAMPOO Y TIJERAS - CRÍTICA
- Daniel Morales Lopez
- 23 abr
- 4 Min. de lectura
Un crimen arriba de un salón de belleza, donde los sospechosos del mismo son los presentes en ese momento, y el culpable es elegido por el público; «Crimen, Shampoo y Tijeras» (Shear Madness) mezcla la improvisación con una comedia policiaca en la que el público, además de observar, se convierte en un detective más.
Siempre es interesante cómo los actores reaccionan a situaciones inesperadas, y es que en eso se resume esta obra: el primer acto cuenta con un texto que nunca va a cambiar, pero es en el segundo acto donde comienza el verdadero reto actoral de este montaje. El público empieza a realizar preguntas específicas a los distintos sospechosos, y estos deben responder desde el personaje a cada interrogante. Es ahí donde Manuel Ruíz entra con su dirección, sosteniendo el ritmo de la función y guiando a los actores dentro de la improvisación, permitiendo que la interacción fluya sin que la obra pierda su estructura ni su coherencia narrativa. Además, construye una atmósfera que transita con facilidad entre la comedia y la tensión, manteniendo constante la curiosidad del espectador.

Arriba del salón de belleza de Tony Curtis ocurre un crimen: la pianista Isabel Cernuda es asesinada con unas tijeras de cortar pelo en su propia casa. En el momento del asesinato, cuatro personas se encontraban en el lugar, convirtiéndose inmediatamente en los principales sospechosos. Mientras el inspector Ricardo Segura y su asistente intentan reconstruir los hechos, las pistas comienzan a revelar secretos inesperados. Pero en esta historia, los verdaderos investigadores son los testigos más importantes: el público, quien deberá decidir quién es el culpable.

El texto de Paul Pörtner resulta especialmente interesante porque, incluso antes de que se dé la tercera llamada, la obra ya está en marcha: los personajes entran y salen del salón, interactúan entre sí y dejan entrever actitudes sospechosas. De esta forma, antes siquiera de conocer el crimen, el público comienza a construir sus propias hipótesis, convirtiéndose desde el inicio en un observador activo dentro de la historia, casi cómplice del juego que la obra propone.
En obras como esta siempre hay un riesgo: la actitud del público ante el constante rompimiento de la cuarta pared, y la disposición que tengan de participar en los diferentes momentos. Sin embargo, es justamente la habilidad actoral del elenco la que logra encauzar esa interacción, manteniendo el ritmo, la coherencia de los personajes y respondiendo con agilidad a lo inesperado, lo que termina por sostener con solidez la experiencia escénica.

«Crimen, Shampoo y Tijeras» es un reto actoral en todo aspecto, pero sin duda, quien lleva la carga del ritmo, de mantener la coherencia de la historia y toda la responsabilidad de hilar las participaciones del público es el inspector Ricardo Segura interpretado por Mauricio Astorga (alternando con Bernardo Barquero), porque funge como eje conductor de la investigación: escucha, selecciona y reorganiza la información que surge en escena —muchas veces de forma impredecible— y la transforma en una narrativa clara, sin perder nunca la lógica del personaje ni el pulso del espectáculo.

Y quienes se llevan los elogios en lo cómico son Freddy Víquez y Brenda Carrillo como Tony Curtis y Bárbara Mora, respectivamente. Ambos crean una dupla escénica bastante graciosa y acertada, Víquez tiene un excelente timing cómico que le permite fluir en la improvisación y construye a un Tony bastante pícaro, y de una manera interesante siempre parece esconder algo; que en contraste con Carrillo, su Bárbara es muy inocente, y dulce, pero que tiene dejos de picardía que encajan perfectamente con el juego escénico que ambos proponen, generando un contraste dinámico que potencia cada situación. Juntos logran sostener momentos de gran frescura y espontaneidad, conectando con el público desde la complicidad y demostrando una química actoral que eleva el componente cómico de la obra.

Por su parte, Noelia Campos como Cecilia Volio de Gurdián aborda a su personaje con mucha elegancia y sutileza, lo que le permite construir una presencia escénica sólida y bien definida, aportando equilibrio dentro del caos del enredo; su interpretación se apoya en matices finos y una contención precisa, logrando que cada intervención tenga peso sin necesidad de excesos y dotando al personaje de una naturalidad que enriquece el desarrollo de la historia. Ahora, Sergio Masís como Eduardo Bracamonte plantea una base clara desde la seriedad y cierta arrogancia del personaje; sin embargo, aún tiene espacio para afinar su construcción, explorando más matices y capas que le permitan dotarlo de mayor precisión y riqueza escénica, potenciando así su presencia dentro del desarrollo de la obra.

En conjunto, «Crimen, Shampoo y Tijeras» se consolida como una propuesta dinámica y distinta dentro de la cartelera, donde el verdadero valor no radica únicamente en la historia que cuenta, sino en cómo la cuenta: a través del riesgo constante de la improvisación y la participación activa del público. La obra logra sostener su ritmo y coherencia gracias a una dirección clara y a un elenco que entiende el juego escénico, respondiendo con agilidad y compromiso a lo inesperado. Si bien hay aspectos que aún pueden afinarse en ciertas construcciones actorales, el montaje consigue su objetivo principal: involucrar al espectador, hacerlo parte de la experiencia y mantenerlo entretenido en un ejercicio teatral vivo, cambiante y, sobre todo, profundamente interactivo.

«Crimen, Shampoo y Tijeras» se presenta viernes y sábados a las 8:00 p.m. y domingos a las 5:00 p.m. en Teatro el Triciclo.




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