FRAPPÉ: UNA HISTORIA DE PERROS - CRÍTICA
- Daniel Morales Lopez
- 17 abr
- 4 Min. de lectura
Un abrazo al corazón contado a través de tres amigos de cuatro patas, «Frappé: Una Historia de Perros» es una obra para toda la familia que mantiene al público emocionado desde la risa hasta la emoción, enseñando que todos podemos encontrar nuestro sentido de pertenencia, incluso en los lugares más inesperados y junto a quienes menos imaginamos.
Uno de los mayores aciertos de Allan Fabricio Pérez en la dirección es su capacidad para crear atmósferas coloridas y envolventes desde el inicio, situando la historia en una parada de buses con una propuesta estética funk, y potenciando el montaje mediante el uso del lenguaje de los títeres. Como dramaturgo, logra, desde una obra familiar, un texto honesto que conmueve e interpela al público al abordar temas como el maltrato animal, la pertenencia, la unidad y la solidaridad.

Frappé es un perrito callejero que, en una parada de buses, espera a alguien importante. En medio de esa espera, conoce a Chai y Mocha, quienes le enseñan diversos trucos sobre la supervivencia callejera; sin embargo, hay algo que Frappé está ocultando, y con la ayuda de sus nuevos amigos, poco a poco se atreve a ir contando las historias sobre su pasado y del porqué vive en la calle, y cómo la amistad puede ser lo que realmente le dé la fuerza para sanar y encontrar su lugar en el mundo.

Frappé es el corazón de la historia, y eso es algo que Ignacio Pérez entiende a la perfección porque lo aborda de una manera muy integral. Resulta interesante cómo el personaje proviene de una clase social más alta que sus otros amigos, y cómo esa diferencia influye en sus acciones; Pérez lo construye con una inocencia que permite al público empatizar con él, y en sus momentos más vulnerables, Ignacio logra transmitir una honestidad conmovedora y esperanzadora que lo vuelve aún más relevante, porque Frappé guarda un secreto durante toda la obra y, cuando este es revelado, resignifica su recorrido y potencia el impacto emocional de la historia, y cómo, poco a poco, pese a las diferencias que tiene con los otros perros, logra abrirse, construir vínculos genuinos y entender que pertenecer también es una decisión.

Javier Mendoza como Chai es la comedia en cuatro patas; dota al personaje de galantería y espontaneidad, construyendo a un perro coqueto y carismático que siempre encuentra la manera de ayudar y colaborar con sus amigos. Su energía aporta un ritmo ágil a la puesta, generando momentos de humor que equilibran las cargas emocionales de la historia, y al mismo tiempo logra que el personaje no se quede solo en lo cómico, sino que también transmita una calidez genuina que lo vuelve entrañable y cercano para el público. Sin duda, la interpretación de Mendoza es una joya en el escenario, y también tiene una parte emotiva que Javier maneja con sensibilidad, permitiendo que el personaje revele su profundidad y conecte desde un lugar más honesto.
Vivian Bonilla como Mocha es la parte racional del grupo, y es muy interesante cómo se permite tener ciertos momentitos en los que suelta esa parte y se permite sentir. Junto con Mendoza crean una dupla bastante tierna y entretenida de ver, una historia de amor que se construye con sutileza, entre miradas, complicidad y pequeños gestos; y junto con Ignacio, forman un grupo marcado por la unión y la solidaridad, demostrando cómo, a pesar de las diferencias, se sostienen entre sí y celebran juntos cada uno de sus pequeños y grandes momentos.

Fabián Arroyo en la composición musical nos transporta a este caos urbano que se nos propone en la obra, llenándolo de energía y ritmo, construyendo una atmósfera que potencia las emociones de los personajes y que se integra con la estética del montaje para darle identidad y dinamismo a toda la puesta, y Sofía Benavides diseña unos títeres expresivos y detallados que no solo aportan a la estética visual, sino que también se convierten en una extensión viva de los personajes, permitiendo que sus emociones y matices se comuniquen con claridad y sensibilidad.

Frappé: Una Historia de Perros es, en esencia, un recordatorio de que incluso en medio del caos, la calle y la incertidumbre, siempre hay espacio para la ternura, la empatía y la compañía. Con un equipo creativo que entiende el lenguaje de la sensibilidad sin caer en lo ingenuo, la obra logra tocar fibras profundas y dejar un mensaje claro sobre la importancia de cuidar, acompañar y pertenecer. Más que una historia de perritos, es una invitación a mirar con otros ojos a quienes muchas veces ignoramos, y a reconocer el valor de los vínculos que construimos en el camino. Una puesta que abraza, conmueve y deja huella, sellando con el público una promesa de patita: no soltarnos, incluso cuando el mundo allá afuera se sienta demasiado grande.

«Frappé: Una Historia de Perros» se presenta del 12 de abril al 31 de mayo en Teatro Espressivo. Domingos a las 2:00 p.m.




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