SWEENEY TODD: EL BARBERO DIABÓLICO DE LA CALLE FLEET - CRÍTICA
- Daniel Morales Lopez
- hace 3 días
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Miguel Mejía presenta una versión de Sweeney Todd que diluye su esencia malévola y su tensión constante, apostando por un concepto que nunca termina de construir la atmósfera oscura que define al clásico de Stephen Sondheim. En su intento, la puesta termina desdibujando su identidad y sacrificando la intensidad dramática que le da peso a la historia.
Es la primera vez que un musical de Sondheim es presentado en el país —cosa que es digna de reconocer—, pero no deja de ser algo complicado; sus composiciones son difíciles, ya que algunas de ellas avanzan a gran velocidad y apuestan por el canto lírico en la mayoría de sus personajes. Si bien algunos de los intérpretes enfrentan con acierto estas complicaciones, el resultado general se percibe irregular, con un ensamble que no siempre logra sostener la precisión y cohesión que este material exige.

Benjamin Barker, un barbero injustamente encarcelado por el corrupto juez Turpin, regresa a Londres bajo el nombre de Sweeney Todd con un único objetivo: vengarse. Al encontrarse con la señora Lovett, descubre que su esposa fue destruida por el juez y que su hija, Johanna, permanece bajo su control, lo que intensifica su sed de justicia. Todd reabre su barbería y comienza a asesinar a sus clientes, enviando sus cuerpos al negocio de pasteles de Lovett, quien los utiliza como relleno para su decadente pastelería. Mientras la violencia crece y arrastra a otros personajes a su tragedia, la obsesión de Todd lo conduce a un final oscuro donde la venganza termina consumiéndolo por completo, revelando las consecuencias devastadoras de su locura y dolor.

La dirección de Miguel Mejía propone una mezcla interesante entre lo oscuro y lo cómico que, aunque tiene momentos efectivos, no siempre logra consolidarse dentro del universo de la obra. Hay instantes —sobre todo en las baladas iniciales y finales— donde se alcanza un tono más sombrío y atractivo, pero este no se sostiene de forma constante; la comicidad, presente principalmente en las escenas entre Todd y Lovett, funciona mejor en números como "A Little Priest", donde potencia lo siniestro desde el humor, mientras que en otros casos, como el manejo de la Pordiosera, podría ajustarse para aportar más a la atmósfera inquietante. A nivel de ritmo, la puesta se mantiene correcta y fluida, aunque sin llegar a destacar particularmente, y donde sí sobresale es en la construcción de personajes, con un trabajo sólido en Todd, Lovett y Anthony que permite entender con claridad sus relaciones y conflictos. En conjunto, la propuesta evidencia decisiones con potencial, pero se beneficiaría de una visión más definida y de una mayor inmersión en la oscuridad que la obra exige para alcanzar un impacto más contundente.

La interpretación de Johnny Howell como Sweeney Todd es, sin duda, de lo más sólido del montaje. Howell es una maravilla en escena, con un control impresionante de los matices del personaje: pasa de una frialdad muy bien contenida a momentos más explosivos, siempre sostenido por esa sensación de injusticia que lo impulsa. Lo interesante es que no construye a Todd solo desde la violencia, sino que deja ver que siente, que hay humanidad, dolor e incluso ciertos destellos de compasión. Su evolución es clarísima y se va desarrollando de forma muy orgánica a lo largo de la obra.
Sebastián Castro como Pirelli se adueña totalmente del personaje. Su construcción es claramente caricaturesca, pero lejos de jugarle en contra, le permite explotar el carácter farsesco del personaje y refrescar la escena. Castro crea un Pirelli con personalidad muy marcada, incluso apoyándose en un acento constante que suma a la propuesta y la hace más completa. Además, logra que esta energía destaque sin desentonar, sino más bien aportando variedad al universo escénico.
La interpretación de Andrea Murillo como la Pordiosera se inclina más hacia lo cómico, especialmente en el primer acto, donde funciona en momentos puntuales como "No Place Like London", pero al volverse constante pierde fuerza dentro del tono oscuro de la obra. Más que sumergirnos en la decadencia de Fleet Street, muchas veces se queda en la risa. Hacia el final conecta con un matiz más dramático, aunque de forma momentánea. La propuesta funciona, pero ganaría más si lo sombrío fuera la base y la comedia apareciera como contraste, generando un efecto más inesperado.

La interpretación de Manuela Cornick como Mrs. Lovett destaca por un trabajo actoral muy sólido y una construcción rica en matices, aunque con áreas de mejora en lo vocal para sostener el mismo nivel en las canciones; algo similar ocurre con Jenelle Hernández como Johanna, quien funciona bien escénicamente pero se beneficiaría de un mayor soporte vocal para potenciar su impacto. En contraste, David Montes como el juez Turpin cumple con solidez en lo vocal, pero su propuesta actoral se percibe más contenida, con margen para profundizar en la expresividad y en la intensidad de su relación con Johanna, lo que permitiría un resultado más equilibrado y completo.

Uno de los aspectos que podría fortalecerse en el montaje es el trabajo de escenografía e iluminación, ya que en varios momentos parecen jugar más en contra que a favor de la propuesta. La escenografía, planteada en dos niveles —la pastelería de Lovett en la parte inferior y la barbería de Todd en la superior— resulta interesante en concepto, pero presenta dificultades en la visibilidad de lo que ocurre arriba: las acciones clave, como los asesinatos, no siempre se perciben con claridad y, al mismo tiempo, se vuelve fácil anticipar el “detrás” de lo que sucede, lo que reduce el efecto sorpresivo. En cuanto a la iluminación, aunque cumple correctamente su función básica, podría explorarse con mayor intención dramática; el diseño tiende a ser más general y luminoso de lo que el tono de la obra sugiere, lo que diluye en parte la atmósfera sombría y siniestra. Con un uso más arriesgado de las sombras y una mayor integración narrativa, ambos elementos podrían potenciar significativamente la experiencia escénica.

Otro aspecto que podría potenciarse es el diseño de audio. Tratándose de un musical como Sweeney Todd, con composiciones rápidas y gran carga narrativa en lo cantado, la claridad vocal resulta fundamental; sin embargo, en varios momentos esta no se logra del todo, lo que dificulta seguir la historia. Esto se hace especialmente evidente en números como "Kiss Me" y "City on Fire": en el primero, aunque los intérpretes cuentan con micrófonos, la pista tiende a imponerse sobre las voces, reduciendo la comprensión del texto; y en el segundo, la ausencia de micrófonos en el ensamble —sumado a la disposición escénica— hace que muchas líneas se pierdan y predomine el acompañamiento musical. Con un mejor balance entre pista y voces, así como una mayor cobertura sonora del elenco, el diseño de audio podría reforzar significativamente la narrativa y la experiencia del público.

En conjunto, esta versión de Sweeney Todd se sostiene sobre una base de decisiones interesantes y un elenco con momentos destacables, pero no logra consolidar una propuesta plenamente coherente ni alcanzar la intensidad que la obra exige. La dirección apuesta por una mezcla tonal que funciona de manera irregular, mientras que aspectos técnicos como el audio, la iluminación y la escenografía terminan limitando el impacto dramático. Aun así, el montaje deja ver un claro potencial —tanto en su concepción como en varias de sus interpretaciones— que, con una visión más definida y un mayor compromiso con la oscuridad del material, podría transformarse en una experiencia mucho más contundente y fiel a la esencia del musical.

«Sweeney Todd: El Barbero Diabólico de la Calle Fleet» no se encuentra actualmente en cartelera.




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